Las siete diferencias...

Confieso que hace no menos de 5 años era completamente incapaz de distinguir un afroamericano de otro, y hace no menos de 3 me era complejísimo diferenciar un asiático de su vecino. Ni hablar de distinguir entre un discurso de Liam gallagher y uno de Freddy Prince Junior, ingleses y norteamericanos sonaban igual para mí (bueno, después entendí que la mejor forma de distinguir a un inglés en la tv estadounidence es verificar si le ponen subtítulos).
Como sea, lo que quiero decir es que me parece alarmante que no podamos separar individuos de razas (digo "podamos" porque es un tema que escucho recurrentemente), principalmente porque es descortez y secundariamente porque es potencialmente peligroso.
Hubo un tiempo en el que si no sabías con exactitud si estabas frente a un chino o a un japones, podía costarte la vida. O si estabas frente a un alemán u otra de esas razas medias nórdicas y vikingamente atemorizantes. Hace un par de días intercambié algunas fraces con un jovencillo alemán, de una ciudad cercana a Berlín, de cuyo nombre (no es que no quiera) no puedo acordarme, porque aparentemente en su idioma natal no es bien visto es uso de vocales. Fue una conversación muy provechosa, en la que pude ejercitar mi alemán básico -cortesía de Heidi klum- y aclarar algunas dudas trascendentales, somo si David Dasselhoff es realmente el baladista más top en la tierra de la cerveza y las salchichas (que no lo es, porque lo conocen las puras abuelitas) o si aún quedan rencillas por lo del muro (que quedan solo a nivel de los abuelitos, aunque informalmente se sigue hablando del este y el oeste) o si fue super extra espectacular ser dueño de casa en un Mundial de fútbol como la gente (porque es de acá no creo que califique ni como referencia), entre otras curiosidades provincianas.
Todo bien, hasta que fui a ver la presentación de la banda a la cual él pertenecía y que está de gira por Chile -un destino muy exótico, según dijo- con otros 20 niños que aplicarían perfectamente para un poster de propaganda nazi, y no pude evitar preguntarme si eran todos hermanos, o si los habrían producido en masa, porque eran iguales. Claro, después de un par de minutos, ya el ojo se agudiza, aunque de todas formas, el fenómeno es misteriosamente real.
Ya hace tiempo, y atendiendo a estas nuevas inquietudes despertadas por nuestra amiga la globalización, me embarqué en una investigación instructiva al respecto, cinematográfica por supuesto, como la mayoría de mis investigaciones. Así es como, gracias al cable y a una sobreexpocisión al trabajo multimedial de will smith, pude entrenar mi cerebro para separar individuos, blancos de blancos, negros de negros, hasta cherokees de mayas. Si continúo con disciplina, pronto lo lograré con chinos, japoneses y coreanos.
Como me parece un asunto de primera importancia, creo que debería ser adoptado desde temprana edad en los colegios, desde el pre escolar incluso. Los niños del futuro se veneficiarían grandemente con ello. Por ejemplo, "La Ronda de los Sapos" podría reflotar su paupérrimo e injustificado espacio en el periódico local incluyendo en su sección "encuentra las diferencias" a un portuguez y un brasileño. O, en el caso de las editoriales, no sería malo invertir algo de capital en la producción masiva de un "Buscando a Wally: en el metro de Tokio".
Incluso entre latinos se da la confusión. Quién me puede decir con certeza la diferencia entre un colombiano y un guatemalteco? Partamos por casa. Además, es bueno sentar precedentes para que los extranjeros -especialmente norteamericanos- sepan que hacia el sur no existe un solo gran país llamado México, y que no a todos nos gusta andar de pistoleros con una guitarra en una mano y un tequila en la otra. Aló! Antonio Banderas ni siquiera es sudamericano. Pero seguro que nadie más al norte a caído en cuenta de ello.
Yo, por lo menos, pretendo aprovechar el lado bueno del asunto. Así que si me encuentran alguna vez por suecia o suiza, tengan por seguro que responderé al nombre de Thalía.

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