Hablar cansa

Me acabo de dar cuenta de que el jueves hablé mucho. Me pasa cada cierto tiempo y bajo ciertas circunstancias.
No se trata de cantidad de palabras, en realidad, sino de lo que digo. Me doy cuenta de que hablo mucho cuando noto que salen de mi boca expresiones que yo no usaría si fuera yo quien hablara. Por lo tanto, entiendo que en ese momento estoy hablando de más, tanto, que me salgo de mí para entrar en otro.
El jueves, por ejemplo, me sorprendí hablando como mi tía. Qué miedo.
Otras veces me veo hablando como en una película de woody allen. Me cargan, son todas iguales, y él tiene la mala costumbre de reproducirse en cada uno de sus protagónicos (el típico personaje ingenioso-atolondrado-tímido), ya sean interpretados por él mismo o por otro actor/admirador de su obra.
Pero si hay algo que detesto es tener una conversación a lo gilmore girls, a mil por hora, disparando palabras como una ametralladora sin sentido, solo por el gusto de saber que nadie en la tierra puede entender lo que están diciendo. Lo curioso -y apestoso- de esa serie es que absolutamente TODOS los personajes del universo hablan IGUAL, los felices, los tristes, los importantes, los circunstanciales, hasta los apáticos, todos actúan bajo una sobredosis de cafeína ficticia. Aunque, claro, si no lo hicieran no podrían entenderse. Tal vez la gente ve esa serie sólo para presumir de su rapidez mental.
Todos sabemos que el cerebro trabaja más rápido que la lengua, pero en gilmore girls no se resignan.
Hablar cansa.

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