Versailles no bara...todavía

Cuando alguien menciona la palabra "oscar", lo que me viene a la mente no son esos premios que los gringos entregan a películas de dudoso mérito, sino Lady Oscar.
Ayer estaba perdiendo el tiempo en youtube -cosa que hago frecuentemente antes de un certamen importante como parte de la Negación que precede a una larga jornada de estudio- y pensé en lo bien que me hacía sentir tomar once viendo La Rosa de Versalles, hace años, cuando vivía en Talcahuano.
Así que busqué sin muchas esperanzas, y, para mi sorpresa, aparecieron docenas de videos de una serie que ya creía perdida en lo más recóndito de las mentes de mi generación.
Empecé a ver videos como loca, incluso encontré esa película horrorosa que nunca me pude conseguir e, incluso, no me pareció tan horrorosa ahora. Estaba extasiada. Escuchar otra vez esas canciones, revivir esas escenas de Oscar con André cayendole a espadazos a un grupete de insurgentes, quedando tirados, todos moreteados, todos dignos y honorables... impagable.
Ver cómo André pierde el ojo izquierdo en el episodio del Caballero Negro, ver cómo Lady Oscar se viste, finalmente, de "Lady" para el baile, con su vestido blanco lleno de esos típicos brillitos de la animación japonesa por todos lados, ver cómo María Antonieta se inclina ante el pueblo enardecido en las puertas de la revolución... hermoso.

Estaba de lo mejor y de pronto me sentí pésimo, sin motivo. En realidad el motivo era muy sonso como para querer estar conciente de él: lady oscar era el canal por el cual volvía patéticamente a mi infancia patéticamente añorada. Esa infancia bien infantil, cuando recortaba toda la tarde y deshojaba revistas para hacer la mayor cantidad de avioncitos de papel nunca antes vista. Ese tiempo en que exitían solo unos tres o cuatro canales de televisión y terminabamos viendo cualquier cosa de monitos que pasaran a media tarde.
Así apareció Lady Oscar, no como el segmento Disney de los sábados en la mañana, sino como una historia de verdad, dramática, oscura, intrincada y terrible, donde la gente sangraba, perdía ojos, tenía amantes y discutía de política, mientras yo -con ojos saltones- me tomaba mi leche con milo y me comía mi pan con huevo.

Mi hermana no escatimó en apelativos para que me enterara de lo ridícula que me veía mordiéndome las uñas de nervios al volver a ver alguna escena clave, cantando en japonés quizás qué cosas, recordandole dialogos que ella nunca registró.

Me dieron ganas de tomar el comedor de la cocina, instalarlo de nuevo en la casa de Puerto Saavedra -previa autorización de sus actuales dueños-, buscar la tele vieja y ponerla en la repisa del rincón, preparar leche y huevos y comerlos viendo Lady Oscar, con mi hermana al lado, después de haber hecho las tareas del colegio. Me pregunto si con todos esos elementos dispuestos correctamente, habríamos podido volver al momento exacto que estabamos representando, como en esa peli de Christopher Reeves, Somewhere in time -hablando de patetismo- o The butterfly effect. Mi hermana dice que eso no es ni remótamente posible.
Pero... qué sabe ella?

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