Estoy asquerosamente triste.
Cuando me pasan estas cosas pienso que nunca voy a volver a ver noticias. Que voy a bloquear todas las páginas de noticias que se que me ponen mal. Que voy a hacer como que lo que se que me mata las ganas no existe.
Pero no puedo. Nunca he visto como solución el alejarme del dolor. Mi mamá ha hecho de esa estrategia un método de vida, y yo me prometí que no la replicaría. Y tampoco quiero hacerlo. No es consuelo, ni cerca, el taparme los ojos. Al contrario, me sentiría peor. Le adjuntaría el peso de tratar de engañarme.
Como sea, las cosas no me pesan menos mientras sepa menos detalles. No desaparecen, no se arreglan, en la medida en que yo hago como que no pasan, que no son.
Me acuerdo que la última vez me tocó mientras estaba en el auto (ser testigo de una atrocidad, digo). Igual terminé llorando aunque traté por todos los medios de evitarlo.
Lo bueno es que no me da verguenza. No se, de cierta forma lo veo como una pancarta ambulante, el ir al supermercado con la cara roja todavía. Hacer las compras con un pañuelo desechable en la mano, pero como si nada. Es una especie de manifiesto.
El problema no soy yo lagrimeando en lugares públicos, el problema es lo que me hace lagrimear.
Bueno, la pena se siente aveces como un hoyo en el esternón que parece que crece y crece conforme pasan los segundos. Y cuando la excavación llega al fondo, cuando choca con la columna es como que te drenara el aire un poco. Se siente un poco feo, en verdad, como helado. Como una contracción, hay que esperar que la sensación pase sola. Que yo sepa, no hay remedios instantáneos para evitarse el ciclo ese.
O si?
En un experimento muy, pero que muy post-post-moderno, hace unos instantes aproveché el estar frente al computador y googlié "cómo puedo dejar de estar tan triste?".
(Si, medio patético, pero esperen a ver mi punto).
El punto es que, escalofriantemente, sucedió exactamente lo que pensé que sucedería: la primera página sugerida fue de Yahoo Respuestas. Decía "cómo dejar de estar tan triste?". Incluso con el "tan" y todo.
Magnífico, pensé. Ahora si que doy fe de que yahoo respuestas, puede que no contenga todas las respuestas, pero si que tiene todas las preguntas.
La pregunta tenía cinco respuestas que se atoraban entre aceptar a jesús como mi salvador personal y otras cosas metafísicas, pero eso no es lo importante. Como dicen por ahí, en estos casos no se trata de la respuesta, sino de la pregunta correcta.
(cuya respuesta ya sabemos que es 42. pero eso es de otro costal)
En fin, siempre hay alguien por ahí que ya pasó por lo que tú pasas, y, aparentemente, se recuperan de lo más bien. O, al menos, lo suficiente para colaborar en yahoo respuestas.
Yo no tengo receta para pasar penas ni menos para olvidar penas. Lo único que recomendaría es tomarse una aspirina (o dos) después de lloriquear (cantidad necesaria), y, claro, buscar en yahoo respuestas la pregunta que nos devana el seso. No para encontrar respuestas, sino solo para verla en la pantalla, escrita por alguien más, confirmándote que eres -solamente- humano.
(Moraleja: si tu inquietud no está en yahoo respuestas... probablemente eres un alienígena) (y deberías hacerte ver) (o volver a tu planeta).
Desafiando la Teoría de la Comunicación...
Si yo, (Emisor), escribo y escribo cosas (Mensaje) acá (Canal), pero nadie (Receptor) me lee nunca... ... Entonces habría emisión sin recepción, codificación sin decodificación... y que Watzlawick se retuerza en su cripta.
Thursday, October 20, 2011
Wednesday, October 19, 2011
Bestias de cuatro patas... bestias de dos patas.
Estaba con mi gata en el patio, ya saben, pasando tiempo de calidad. Cuando pasa el vecino y al vernos empieza a contarme de sus dos gatos (nuevos, porque el primer par fue asesinado a postonazos por un tercer vecino) y un perro que tiene. Y cómo su perro tuvo una enfermedad y tuvo que operarlo. De cómo le dolió el bolsillo hacerlo, tanto que llegó a agarrarse la cabeza cuando se acordó. También contó de la esterilización de sus dos gatos y que todos estaban bien y contentos ahora.
De esa conversación trivial yo me quedé con la imagen del pobre caballero tomándose la cabeza al recordar la cuenta del veterinario. Porque, claro, tiene que haberle dolido el bolsillo, yo lo se, pero lo bueno es que lo hizo. Lo hizo igual.
Cuando adopté a mi gata también se me vino encima una maratón de visitas a veterinarios con sus respectivas cuentas y recetas. Eso pasa cuando adoptas un gato enfermo. Pero... lo hice igual. Cuando me vi acogotada en la caja chica, aproveché de hacer un orden en la biblioteca de la casa y terminé vendiendo tres libros viejos, del colegio, que se convirtieron luego en remedios para mi gata.
Mi gata está bien desde hace tiempo. y afortunadamente todo ese peregrinaje quedó en el pasado. Y cuando recuerdo todos los líos que involucró, no puedo dejar de pensar que lo haría todo de nuevo. Lo haría todo de nuevo e incluso peor.
Y no creo que los que estamos dispuestos a esos apuros por nuestras mascotas tengamos algún mérito especial ni nada por el estilo. Se con total seguridad que esto no es más que la forma más razonable de actuar. La forma responsable, la forma mínima. La única forma que hay.
Todos los días puede uno esterarse de que perros y gatos han sido abandonados o maltratados por sus dueños. Acá mismo, en mi casa, hemos tenido dos inquilinos temporales por esa misma causa: un perro cocker que estaba herido sin que nadie lo reclamara, y un gatito de no más de un mes que alguien vino a tirar, literalmente, en la plaza frente a mi casa, y que no paró de maullar en toda la noche, el pobre.
Ambas historias tuvieron buenos desenlaces, gracias a la colaboración de buenas personas, pero cuantos más hay allá afuera en este mismo momento, preguntándose qué pasó, cómo llegaron ahí, dónde están sus dueños??
No quiero ni pensarlo.
Y uno, en su infinita ingenuidad, supone que la gente que uno tiene cerca y quiere nunca sería de esos bellacos que abandonan animales a su suerte, cierto?, pero uno nunca deja de sorprenderse. Por ejemplo, una amiga del colegio, muy cercana, cuenta un día -de lo más normal- que en su casa también acogieron un gatito una vez, pero al parecer resultó más revoltoso de lo que esperaban, porque se subía a las camas e incluso una vez trató de pararse en la cabeza de su mamá, o algo así (queda claro que ella nunca había visto jugar a un gato). Así que, palabras textuales, su papá no tuvo más remedio que meterlo en el auto e ir a "soltarlo" en un sitio solo, bien lejos de la casa (obvio, si fuera cerca, como indica el sentido común, el pobre habría intentado volver). Y no lo vieron más.
Yo fui una dama al no saltarle encima en mitad de su "anécdota". De hecho, empleé toda mi fuerza de voluntad para no arruinar casi 23 años de amistad en ese mismo momento. Pero es que, cómo... CÓMO puede ser que gente que uno considera decente se porte así?
Y no lo digo solo en defensa de los animales, nones. Lo digo en defensa de la raza humana, señores!
Si somos capases de actitudes tan malignas, tan egoístas e infames con los animales... qué queda para los demás humanos con los que convivimos? Con razón terminamos tratándonos unos a otros peor que bestias en la vida cotidiana. Si no podemos mostrar gentileza por las razas de animales que culturalmente consideramos "inferiores", qué queda, por el cosmos, para el trato entre nosotros mismos?
No lo se.
Es un signo mínimo de bondad el tratar bien a todos los seres, animales de todas clases incluidos (humanos incluidos). Respetar todo lo existente por si mismo es pre requisito para calificarse de "persona" (si se quiere). En serio, es de lo más fundamental entre lo fundamental en la escala valórica universal.
Si las gentes a mi alrededor no tienen eso, entonces, de verdad, no me interesan. Ya me harté de evangelizar a las bestias.
Compasión.
Nadie les pide más que compasión.
De esa conversación trivial yo me quedé con la imagen del pobre caballero tomándose la cabeza al recordar la cuenta del veterinario. Porque, claro, tiene que haberle dolido el bolsillo, yo lo se, pero lo bueno es que lo hizo. Lo hizo igual.
Cuando adopté a mi gata también se me vino encima una maratón de visitas a veterinarios con sus respectivas cuentas y recetas. Eso pasa cuando adoptas un gato enfermo. Pero... lo hice igual. Cuando me vi acogotada en la caja chica, aproveché de hacer un orden en la biblioteca de la casa y terminé vendiendo tres libros viejos, del colegio, que se convirtieron luego en remedios para mi gata.
Mi gata está bien desde hace tiempo. y afortunadamente todo ese peregrinaje quedó en el pasado. Y cuando recuerdo todos los líos que involucró, no puedo dejar de pensar que lo haría todo de nuevo. Lo haría todo de nuevo e incluso peor.
Y no creo que los que estamos dispuestos a esos apuros por nuestras mascotas tengamos algún mérito especial ni nada por el estilo. Se con total seguridad que esto no es más que la forma más razonable de actuar. La forma responsable, la forma mínima. La única forma que hay.
Todos los días puede uno esterarse de que perros y gatos han sido abandonados o maltratados por sus dueños. Acá mismo, en mi casa, hemos tenido dos inquilinos temporales por esa misma causa: un perro cocker que estaba herido sin que nadie lo reclamara, y un gatito de no más de un mes que alguien vino a tirar, literalmente, en la plaza frente a mi casa, y que no paró de maullar en toda la noche, el pobre.
Ambas historias tuvieron buenos desenlaces, gracias a la colaboración de buenas personas, pero cuantos más hay allá afuera en este mismo momento, preguntándose qué pasó, cómo llegaron ahí, dónde están sus dueños??
No quiero ni pensarlo.
Y uno, en su infinita ingenuidad, supone que la gente que uno tiene cerca y quiere nunca sería de esos bellacos que abandonan animales a su suerte, cierto?, pero uno nunca deja de sorprenderse. Por ejemplo, una amiga del colegio, muy cercana, cuenta un día -de lo más normal- que en su casa también acogieron un gatito una vez, pero al parecer resultó más revoltoso de lo que esperaban, porque se subía a las camas e incluso una vez trató de pararse en la cabeza de su mamá, o algo así (queda claro que ella nunca había visto jugar a un gato). Así que, palabras textuales, su papá no tuvo más remedio que meterlo en el auto e ir a "soltarlo" en un sitio solo, bien lejos de la casa (obvio, si fuera cerca, como indica el sentido común, el pobre habría intentado volver). Y no lo vieron más.
Yo fui una dama al no saltarle encima en mitad de su "anécdota". De hecho, empleé toda mi fuerza de voluntad para no arruinar casi 23 años de amistad en ese mismo momento. Pero es que, cómo... CÓMO puede ser que gente que uno considera decente se porte así?
Y no lo digo solo en defensa de los animales, nones. Lo digo en defensa de la raza humana, señores!
Si somos capases de actitudes tan malignas, tan egoístas e infames con los animales... qué queda para los demás humanos con los que convivimos? Con razón terminamos tratándonos unos a otros peor que bestias en la vida cotidiana. Si no podemos mostrar gentileza por las razas de animales que culturalmente consideramos "inferiores", qué queda, por el cosmos, para el trato entre nosotros mismos?
No lo se.
Es un signo mínimo de bondad el tratar bien a todos los seres, animales de todas clases incluidos (humanos incluidos). Respetar todo lo existente por si mismo es pre requisito para calificarse de "persona" (si se quiere). En serio, es de lo más fundamental entre lo fundamental en la escala valórica universal.
Si las gentes a mi alrededor no tienen eso, entonces, de verdad, no me interesan. Ya me harté de evangelizar a las bestias.
Compasión.
Nadie les pide más que compasión.
Thursday, October 06, 2011
El retorno del Jedi
Cuando trabajaba en la refinadora de petróleo local, todos los días mientras caminaba al casino para comer mi almuercito, me fijaba en un cartel que anunciaba orgullosamente, por ejemplo, "128 DÍAS SIN ACCIDENTES".
Todos los días, claro, la cifra aumentaba.
Hasta que una tarde estaba en el baño de la oficina, cuando alguien me toca la puerta y me dice que me dirija a la entrada del edificio. Sonaba una sirena y por el parlante del lobby una voz serena y acertiva nos pedía quedarnos en nuestros lugares de trabajo hasta recibir nueva información.
Al día siguiente, en mi caminata hacia el casino, leí: "0 DÍAS SIN ACCIDENTES".
Si yo tuviera un cartel de esos, cada día que trabajé en la refinería local, habría dicho "0 días sin accidentes", porque recuerdo ese tiempo como el más zen-accidentado de mi historia. Todos los días volvía a mi casa con ganas de matar a alguien, poner una bomba, dinamitar un edificio, mandar cartas con antrax, esparcir virus biológicos, etc.
Todo me molestaba, estaba constantemente incómoda, agobiada, en guardia, agotada, y no era por nada puntual, sino por el hecho (ahora trato de descifrarlo) de estar metiéndome de lleno en el sistema. De ver posible la opción de quedarme trabajando para siempre en un lugar como ese. Y especialmente en este caso, en que el trabajo tenía directa relación con mi carrera, una carrera hacia la cual no acabo de juntar odiosidades.
Después me retiré a hacer la tesis, y lo mismo.
Después hice un reportajucho de título, y lo mismo.
Después me fui a sentar en la oficina del jefe de carrera, y le vomité 5 años de frustraciones. 5 años de accidentes acumulados. Una disertación infame de todo lo que me pareció pésimo del sistema académico en nuestra escuelita de periodismo. Desde que los documentos oficiales que me entregaron para presentar a mi jefe en la refinería estaban tan mal redactados que me tuve que tomar la licencia de re escribirlos copiando el logo de la universidad, hasta que la maya académica era retrógrada, que la mitad de los profes tenían un desempeño vergonzoso, etc.
Ahora pienso que tal vez no se lo merecía.
En todo caso, estoy segura de que mis sugerencias póstumas para hacer de su escuelita un mejor lugar quedaron tiradas en un cajoncito similar al que guarda mis recuerdos escolares. Un cajón lleno de telarañas, al fondo de otro cajón.
No se cómo a los días después, el mismo personaje me llamó para ofrecerme trabajo en un diario local.
Bueno, cuando colgué en teléfono sentí algo en mi interior, como en mi corazoncito (si, lo tengo). Me quedé en silencio para escuchar bien. Decía: "1 DÍA SIN ACCIDENTES".
No se cómo, pero la vida empezó a sonreírme.
Como que me relajé. Me fui sintiendo libre de a poco. Me desadoctriné de lo que sea que me hayan querido meter en la cabeza por décadas, y que mi cabeza rechazaba a patadas. Me embarqué en un proceso de desintoxicación que terminó por abrirme a la posibilidad de abrazar la existencia en este tiempo y en este lugar, sin querer destruir edificios o mandar cartas con antrax.
Empecé a salir de mi casa en pantuflas.
Me volví sin-verguenza. Escuché música en mi cabeza. Hablé más fuerte cuando no me escucharon. Opiné cosas irreverentes. Conté lo que soñé anoche. Hice el robot en cada fiesta a la que fui. Dejé de comer carne (o la carne me dejó a mi). Insulté a los que me piropeaban en la calle. Defraudé a todos. Resetié mis valores morales. Hice a un lado las "señales". Cuando me la preguntaron, dije la verdad. Me rebauticé.
Creé mi propio sistema.
Bien...
Esta semana fui a almorzar con unos amigos, y uno de ellos me presentó al resto de la mesa como "la niña que no sale nunca de su casa". Por suerte entre nosotros había otra invitada que, de verdad, la pobre no puede salir nunca de su casa porque tiene como mil hijos en edades monstruosamente demandantes, y pronto el título me fue arrebatado, pero me quedé pensando en que, realmente, una gran parte de la efectividad de mi sistema se basa en tener el menor contacto posible con el SISTEMA.
Al SISTEMA no le cae nada de bien mi sistema.
Digamos, si el SISTEMA estuviera de cumpleaños, no invitaría a mi sistema.
Pero esta bien, porque cuando mi sistema esta de cumpleaños, tampoco lo invita a él. El problema es que al SISTEMA eso no le importa. El SISTEMA está acostumbrado a colarse. Y trata de hacerlo todo el tiempo, en todos los aspectos de la vida. Así que, efectivamente, la forma más fácil que tiene mi sistema para procurar su supervivencia y desarrollo es mantenerse dentro de los límites de mi entorno más cercano.
Fuera de ese entorno, hay que explicarse todo el tiempo, soportar tradiciones lesas, aguantar esas pequeñas injusticias cotidianas, hacer oídos sordos ante las palabras necias, pelear con los colados en la fila, llevar los papeles de la ventanilla A a la B y de vuelta a la A, tolerar que se celebre la "pillería" en los niños y la "astucia" en los adultos, ver la decadencia galopante de la gente que no logra dejar de mirarse el ombligo.
... Ya no es para mi.
Y, es verdad, salir lo menos posible de mi casa, me ayuda a prevenir accidentes.
(por supuesto, ningún método es infalible) (aunque este se acerca bastante)
Todos los días, claro, la cifra aumentaba.
Hasta que una tarde estaba en el baño de la oficina, cuando alguien me toca la puerta y me dice que me dirija a la entrada del edificio. Sonaba una sirena y por el parlante del lobby una voz serena y acertiva nos pedía quedarnos en nuestros lugares de trabajo hasta recibir nueva información.
Al día siguiente, en mi caminata hacia el casino, leí: "0 DÍAS SIN ACCIDENTES".
Si yo tuviera un cartel de esos, cada día que trabajé en la refinería local, habría dicho "0 días sin accidentes", porque recuerdo ese tiempo como el más zen-accidentado de mi historia. Todos los días volvía a mi casa con ganas de matar a alguien, poner una bomba, dinamitar un edificio, mandar cartas con antrax, esparcir virus biológicos, etc.
Todo me molestaba, estaba constantemente incómoda, agobiada, en guardia, agotada, y no era por nada puntual, sino por el hecho (ahora trato de descifrarlo) de estar metiéndome de lleno en el sistema. De ver posible la opción de quedarme trabajando para siempre en un lugar como ese. Y especialmente en este caso, en que el trabajo tenía directa relación con mi carrera, una carrera hacia la cual no acabo de juntar odiosidades.
Después me retiré a hacer la tesis, y lo mismo.
Después hice un reportajucho de título, y lo mismo.
Después me fui a sentar en la oficina del jefe de carrera, y le vomité 5 años de frustraciones. 5 años de accidentes acumulados. Una disertación infame de todo lo que me pareció pésimo del sistema académico en nuestra escuelita de periodismo. Desde que los documentos oficiales que me entregaron para presentar a mi jefe en la refinería estaban tan mal redactados que me tuve que tomar la licencia de re escribirlos copiando el logo de la universidad, hasta que la maya académica era retrógrada, que la mitad de los profes tenían un desempeño vergonzoso, etc.
Ahora pienso que tal vez no se lo merecía.
En todo caso, estoy segura de que mis sugerencias póstumas para hacer de su escuelita un mejor lugar quedaron tiradas en un cajoncito similar al que guarda mis recuerdos escolares. Un cajón lleno de telarañas, al fondo de otro cajón.
No se cómo a los días después, el mismo personaje me llamó para ofrecerme trabajo en un diario local.
Bueno, cuando colgué en teléfono sentí algo en mi interior, como en mi corazoncito (si, lo tengo). Me quedé en silencio para escuchar bien. Decía: "1 DÍA SIN ACCIDENTES".
No se cómo, pero la vida empezó a sonreírme.
Como que me relajé. Me fui sintiendo libre de a poco. Me desadoctriné de lo que sea que me hayan querido meter en la cabeza por décadas, y que mi cabeza rechazaba a patadas. Me embarqué en un proceso de desintoxicación que terminó por abrirme a la posibilidad de abrazar la existencia en este tiempo y en este lugar, sin querer destruir edificios o mandar cartas con antrax.
Empecé a salir de mi casa en pantuflas.
Me volví sin-verguenza. Escuché música en mi cabeza. Hablé más fuerte cuando no me escucharon. Opiné cosas irreverentes. Conté lo que soñé anoche. Hice el robot en cada fiesta a la que fui. Dejé de comer carne (o la carne me dejó a mi). Insulté a los que me piropeaban en la calle. Defraudé a todos. Resetié mis valores morales. Hice a un lado las "señales". Cuando me la preguntaron, dije la verdad. Me rebauticé.
Creé mi propio sistema.
Bien...
Esta semana fui a almorzar con unos amigos, y uno de ellos me presentó al resto de la mesa como "la niña que no sale nunca de su casa". Por suerte entre nosotros había otra invitada que, de verdad, la pobre no puede salir nunca de su casa porque tiene como mil hijos en edades monstruosamente demandantes, y pronto el título me fue arrebatado, pero me quedé pensando en que, realmente, una gran parte de la efectividad de mi sistema se basa en tener el menor contacto posible con el SISTEMA.
Al SISTEMA no le cae nada de bien mi sistema.
Digamos, si el SISTEMA estuviera de cumpleaños, no invitaría a mi sistema.
Pero esta bien, porque cuando mi sistema esta de cumpleaños, tampoco lo invita a él. El problema es que al SISTEMA eso no le importa. El SISTEMA está acostumbrado a colarse. Y trata de hacerlo todo el tiempo, en todos los aspectos de la vida. Así que, efectivamente, la forma más fácil que tiene mi sistema para procurar su supervivencia y desarrollo es mantenerse dentro de los límites de mi entorno más cercano.
Fuera de ese entorno, hay que explicarse todo el tiempo, soportar tradiciones lesas, aguantar esas pequeñas injusticias cotidianas, hacer oídos sordos ante las palabras necias, pelear con los colados en la fila, llevar los papeles de la ventanilla A a la B y de vuelta a la A, tolerar que se celebre la "pillería" en los niños y la "astucia" en los adultos, ver la decadencia galopante de la gente que no logra dejar de mirarse el ombligo.
... Ya no es para mi.
Y, es verdad, salir lo menos posible de mi casa, me ayuda a prevenir accidentes.
(por supuesto, ningún método es infalible) (aunque este se acerca bastante)
Thursday, September 22, 2011
Amiguitos por correspondencia.
Cuando estaba en el colegio, mi profe de inglés, la Miss Verónica, nos repartió unos papelitos que tenían direcciones de personas de todo el mundo que querían tener un amiguín por correspondencia.
Como uno no tenía internet en la casa por ese tiempo, este tipo de cosas causaban verdadero furor. Claro, las cartas tenían que ser en inglés.
Le escribí a una niña que era de Israel, parece. No me acuerdo bien porque solo recibí UNA carta suya y sería todo. Mi segunda carta quedó sin respuesta. Me sentí un poco mal en ese tiempo en que no me llegó otra carta. Habrá sido mi culpa? Habré estado muy fome? Mi caligrafía no era buena?
Porque su caligrafía no era buena, ni su carta muy interesante, pero eso no justifica no escribir más.
Luego, cuando fui más grande, un amigo (en ese tiempo no lo era mucho) me dijo que me escribiría una carta. Ya todos tenían internet en casa y celulares y todo eso, así que de esa forma me enteré de que yo le gustaba... cuando me dijo que me escribiría una carta. En papel. Usando un lápiz.
Aunque ya no tengo a ese amigo, todavía tengo su carta. Y otra, y otra y otra y otra que me escribió. Con papeles de muchos colores.
Independiente de todo lo demás, no hay nada más rico que recibir cartas de colores.
Luego, cuando fui más más grande, comenzó a llegarme de sopetón la mayor concentración de cartas de toda mi vida. Me llegaban sin falta todos los meses. Los mejores amiguitos por correspondencia que uno podría tener: el banco, las casas comerciales, las tarjetas, etc. No solo me cobran plata, sino que ahora último, también me la ofrecen. Créditos pre aprobados, adelantos en efectivo, ofertones, regalías, cuotas sin intereses.
Eso es amor.
Eso es el máximo amor que, por estos días, puede contener un sobre.
Como uno no tenía internet en la casa por ese tiempo, este tipo de cosas causaban verdadero furor. Claro, las cartas tenían que ser en inglés.
Le escribí a una niña que era de Israel, parece. No me acuerdo bien porque solo recibí UNA carta suya y sería todo. Mi segunda carta quedó sin respuesta. Me sentí un poco mal en ese tiempo en que no me llegó otra carta. Habrá sido mi culpa? Habré estado muy fome? Mi caligrafía no era buena?
Porque su caligrafía no era buena, ni su carta muy interesante, pero eso no justifica no escribir más.
Luego, cuando fui más grande, un amigo (en ese tiempo no lo era mucho) me dijo que me escribiría una carta. Ya todos tenían internet en casa y celulares y todo eso, así que de esa forma me enteré de que yo le gustaba... cuando me dijo que me escribiría una carta. En papel. Usando un lápiz.
Aunque ya no tengo a ese amigo, todavía tengo su carta. Y otra, y otra y otra y otra que me escribió. Con papeles de muchos colores.
Independiente de todo lo demás, no hay nada más rico que recibir cartas de colores.
Luego, cuando fui más más grande, comenzó a llegarme de sopetón la mayor concentración de cartas de toda mi vida. Me llegaban sin falta todos los meses. Los mejores amiguitos por correspondencia que uno podría tener: el banco, las casas comerciales, las tarjetas, etc. No solo me cobran plata, sino que ahora último, también me la ofrecen. Créditos pre aprobados, adelantos en efectivo, ofertones, regalías, cuotas sin intereses.
Eso es amor.
Eso es el máximo amor que, por estos días, puede contener un sobre.
Saturday, June 25, 2011
Tener mascotas es terapéutico.
Mi hermana es una nerd. Pero del tipo de nerd que va al gimnasio, no como yo.
Eso no le quita lo nerd, en todo caso.
Bueno, ella tiene una clase en la U sobre expresión oral, un poco para desempolvar la oratoria de los -a su altura- casi ingenieros comerciales, supongo yo, que entre tantos números ya se les van olvidando las letras, y el poder de lo que puedes lograr si las conjugas bien.
Me da la razón el hecho de que me cuenta que esa clase puede llegar a ser una de las más temidas por el alumnado. Es como algo "raro", como desencajado dentro de la carrera. Pero es algo tan básico, que mi hermana, por ejemplo, que simplemente es genéticamente incapaz de relajarse, de "dejarse llevar", se ve tentada a hacerse una pauta escrita para poder "improvisar" un discursillo de minuto y medio sobre un tema a elección. Yo, que crecí con el "no tiene que ser perfecto" de Artemanía (aunque solo de grande pude entenderlo), trato de convencerla de que una vez que tiene el tema elegido, sólo le queda hacerse las ganas y dejar que fluya. Así, que fluya. Con confianza.
No se lo diría si no supiera que es perfectamente capaz de hacerlo de este modo. Si no, la ayudaría a hacer sus pautas.
Pero ella, por el contrario, se tomó una semana para elegir el "tema correcto". El problema es que el profesor, seguramente que para hacerla mejor, les dijo que ojalá fuera un tema que dominaran bien. Parece obvio que si dice eso es porque con el tema previamente en la bolsa, lo único que les resta a los alumnos es ponerse a hablar y hacerlo lo más de corrido y coherente posible, cierto?
Pues para mi hermana eso fue como apretarle más la soga al cuello. Ahora tenía que encontrar EL TEMA en el que fuera una máster absoluta.
De nuevo, mi "no tiene que ser perfecto" retumbaba como eco dentro de su atareada cabecita.
Por supuesto que con esa premisa ningún tema era el apropiado. A menos, claro, que se pusiera a hablar sobre sí misma -que se le llegó a ocurrir en un momento-, lo cual no sólo sería aburrido para la clase, sino que pavorosamente autorreferente.
Descartado.
Entonces, un día, se le ocurrió que desarrollaría la siguiente premisa: "tener mascotas es terapéutico".
Desde que tenemos a mi gata, nos hemos valido de ella para salvar varias situaciones, y parece lógico que mi hermana sacara esa cartita una vez más. O tal vez realmente ha sentido el efecto terapéutico del amor felino.
Como fuese, en un rato ya tenía su pauta de introducción, sub temas y conclusiones lista. Solo le quedaba ensayar -el mejor método para ser espontáneo sin morir en el intento, claro- y, por supuesto, mostrarle sus ideas a su hermana mayor -o sea, yo-.
Como era de esperarse, su pauta estaba a la altura de todo lo que se puede esperar de una pauta eficiente y concisa (no me la habría mostrado antes de eso). Ninguna novedad ahí. Excepto porque un punto me llamó la atención, aunque cualitativamente, claro, que en esa etapa de perfección pautística es el único plano en el que podría uno agregar algo.
Había un punto sobre "hablar con las mascotas" y cómo eso era terapéutico para su amo.
Yo había escuchado a mi hermana hablar con la gata, pero sólo cosas normales, comentarios sobre lo linda que es, si tiene hambre, si quiere jugar, etc. Pero por lo que entendí de su explicación, parece que también le conversa sobre temas normales. De hecho, no sería raro, porque yo he escuchado de mucha gente que habla con sus gatos regularmente, les cuentan sus problemas y cosas así.
Debe ser que los gatos son atentos por naturaleza, son reposados, contemplativos, y no tienen miedo a mirarte a los ojos por largo rato, fijamente, como tratando de entenderte, o de hacerte entender algo que para ellos es ridículamente evidente. Uno podría creer eso.
Entonces, mi hermana me comenta que sería fantástico que la gata pudiera hablarnos. O que nosotros pudiéramos entenderla. Así, con lenguajes distintos, con todo distinto, a pesar de lo "terapéutico", la conversación se vuelve un poco frustrante, comentamos. Y yo de verdad la veo hasta un poco compungida al ahondar en el tema. Es que mi hermana está loca de amor por esa gata (no la puedo culpar).
Ojalá se pudiera hacer algo para acortar las distancias, como un decodificador interespecies. No debe ser un pensamiento tan descabellado, porque me acuerdo de que en Japón, años atrás, lanzaron un "traductor" felino. Tal cual, me acuerdo de haber visto la noticia en la televisión, aunque más en tono de comedia que de noticia. Era un aparatito que distinguía entre decenas de tipos de maullido para indicar al dueño del gato qué era lo que su mascota quería decir.
Se tienen que haber vendido como pan caliente. Aunque personalmente me habría mostrado más que escéptica respecto de su efectividad. Lo más lógico en este tema es la resignación. Probablemente, mi hermana nunca pueda "hablar" terapéuticamente con mi gata. Y el conocimiento de ese hecho puede llegar a ser aplastante para ciertos caracteres. Yo, por ejemplo, lo encuentro aplastante.
Pero no terrible.
Esto, porque de pronto, así, como un chispazo antes de dormir, me acordé de algo fundamental. Pero tan fundamental... como que los ingenieros comerciales tienen que acordarse de cómo es hablar de corrido.
Y cómo lo haces con Dios? Para hablar, me refiero.
Yo ya no practico mucho, pero me recuerdo perfectamente de la necesidad que te inculcan de "orar" a Dios. Y la explicación de "orar" que te dan es esta: es una conversación con Dios. O una conversación íntima, personal, con Dios.
En la práctica, una conversación que finalmente tiene un efecto "terapéutico" en ti. Que te ayuda, que te resuelve cosas. Que alimenta tu fe.
Pero, claro, omiten la parte en que Dios no te responde nada nunca.
Y, aún así, esa "conversación" no pierde sus propiedades. La gente sigue teniendo fe, sigue "hablando" con Dios, sigue resolviendo sus propios problemas a través de eso.
A veces pienso que si no existiera Dios como figura cultural-social, los psicólogos serían la clase dominante. Sería como en el planeta de los simios, pero los psicólogos serían los simios. ¿Se entiende?
Bien, un día en que me sienta rebelde (porque ya he sido llamada el anticristo de la familia), le diré a mi hermana que no se sienta frustrada ni triste, que hablar con la gata es como hablar con Dios.
Eso no le quita lo nerd, en todo caso.
Bueno, ella tiene una clase en la U sobre expresión oral, un poco para desempolvar la oratoria de los -a su altura- casi ingenieros comerciales, supongo yo, que entre tantos números ya se les van olvidando las letras, y el poder de lo que puedes lograr si las conjugas bien.
Me da la razón el hecho de que me cuenta que esa clase puede llegar a ser una de las más temidas por el alumnado. Es como algo "raro", como desencajado dentro de la carrera. Pero es algo tan básico, que mi hermana, por ejemplo, que simplemente es genéticamente incapaz de relajarse, de "dejarse llevar", se ve tentada a hacerse una pauta escrita para poder "improvisar" un discursillo de minuto y medio sobre un tema a elección. Yo, que crecí con el "no tiene que ser perfecto" de Artemanía (aunque solo de grande pude entenderlo), trato de convencerla de que una vez que tiene el tema elegido, sólo le queda hacerse las ganas y dejar que fluya. Así, que fluya. Con confianza.
No se lo diría si no supiera que es perfectamente capaz de hacerlo de este modo. Si no, la ayudaría a hacer sus pautas.
Pero ella, por el contrario, se tomó una semana para elegir el "tema correcto". El problema es que el profesor, seguramente que para hacerla mejor, les dijo que ojalá fuera un tema que dominaran bien. Parece obvio que si dice eso es porque con el tema previamente en la bolsa, lo único que les resta a los alumnos es ponerse a hablar y hacerlo lo más de corrido y coherente posible, cierto?
Pues para mi hermana eso fue como apretarle más la soga al cuello. Ahora tenía que encontrar EL TEMA en el que fuera una máster absoluta.
De nuevo, mi "no tiene que ser perfecto" retumbaba como eco dentro de su atareada cabecita.
Por supuesto que con esa premisa ningún tema era el apropiado. A menos, claro, que se pusiera a hablar sobre sí misma -que se le llegó a ocurrir en un momento-, lo cual no sólo sería aburrido para la clase, sino que pavorosamente autorreferente.
Descartado.
Entonces, un día, se le ocurrió que desarrollaría la siguiente premisa: "tener mascotas es terapéutico".
Desde que tenemos a mi gata, nos hemos valido de ella para salvar varias situaciones, y parece lógico que mi hermana sacara esa cartita una vez más. O tal vez realmente ha sentido el efecto terapéutico del amor felino.
Como fuese, en un rato ya tenía su pauta de introducción, sub temas y conclusiones lista. Solo le quedaba ensayar -el mejor método para ser espontáneo sin morir en el intento, claro- y, por supuesto, mostrarle sus ideas a su hermana mayor -o sea, yo-.
Como era de esperarse, su pauta estaba a la altura de todo lo que se puede esperar de una pauta eficiente y concisa (no me la habría mostrado antes de eso). Ninguna novedad ahí. Excepto porque un punto me llamó la atención, aunque cualitativamente, claro, que en esa etapa de perfección pautística es el único plano en el que podría uno agregar algo.
Había un punto sobre "hablar con las mascotas" y cómo eso era terapéutico para su amo.
Yo había escuchado a mi hermana hablar con la gata, pero sólo cosas normales, comentarios sobre lo linda que es, si tiene hambre, si quiere jugar, etc. Pero por lo que entendí de su explicación, parece que también le conversa sobre temas normales. De hecho, no sería raro, porque yo he escuchado de mucha gente que habla con sus gatos regularmente, les cuentan sus problemas y cosas así.
Debe ser que los gatos son atentos por naturaleza, son reposados, contemplativos, y no tienen miedo a mirarte a los ojos por largo rato, fijamente, como tratando de entenderte, o de hacerte entender algo que para ellos es ridículamente evidente. Uno podría creer eso.
Entonces, mi hermana me comenta que sería fantástico que la gata pudiera hablarnos. O que nosotros pudiéramos entenderla. Así, con lenguajes distintos, con todo distinto, a pesar de lo "terapéutico", la conversación se vuelve un poco frustrante, comentamos. Y yo de verdad la veo hasta un poco compungida al ahondar en el tema. Es que mi hermana está loca de amor por esa gata (no la puedo culpar).
Ojalá se pudiera hacer algo para acortar las distancias, como un decodificador interespecies. No debe ser un pensamiento tan descabellado, porque me acuerdo de que en Japón, años atrás, lanzaron un "traductor" felino. Tal cual, me acuerdo de haber visto la noticia en la televisión, aunque más en tono de comedia que de noticia. Era un aparatito que distinguía entre decenas de tipos de maullido para indicar al dueño del gato qué era lo que su mascota quería decir.
Se tienen que haber vendido como pan caliente. Aunque personalmente me habría mostrado más que escéptica respecto de su efectividad. Lo más lógico en este tema es la resignación. Probablemente, mi hermana nunca pueda "hablar" terapéuticamente con mi gata. Y el conocimiento de ese hecho puede llegar a ser aplastante para ciertos caracteres. Yo, por ejemplo, lo encuentro aplastante.
Pero no terrible.
Esto, porque de pronto, así, como un chispazo antes de dormir, me acordé de algo fundamental. Pero tan fundamental... como que los ingenieros comerciales tienen que acordarse de cómo es hablar de corrido.
Y cómo lo haces con Dios? Para hablar, me refiero.
Yo ya no practico mucho, pero me recuerdo perfectamente de la necesidad que te inculcan de "orar" a Dios. Y la explicación de "orar" que te dan es esta: es una conversación con Dios. O una conversación íntima, personal, con Dios.
En la práctica, una conversación que finalmente tiene un efecto "terapéutico" en ti. Que te ayuda, que te resuelve cosas. Que alimenta tu fe.
Pero, claro, omiten la parte en que Dios no te responde nada nunca.
Y, aún así, esa "conversación" no pierde sus propiedades. La gente sigue teniendo fe, sigue "hablando" con Dios, sigue resolviendo sus propios problemas a través de eso.
A veces pienso que si no existiera Dios como figura cultural-social, los psicólogos serían la clase dominante. Sería como en el planeta de los simios, pero los psicólogos serían los simios. ¿Se entiende?
Bien, un día en que me sienta rebelde (porque ya he sido llamada el anticristo de la familia), le diré a mi hermana que no se sienta frustrada ni triste, que hablar con la gata es como hablar con Dios.
Wednesday, June 22, 2011
Infantilización.
Cada cierto tiempo, alguien me infantilea. Se que el verbo "infantilear" no está en la Real Academia Española (como si están varios menos útiles), pero la Real Academia Española, es pocas palabras... no existe.
Así que, bien. Como iba diciendo, me parece increíble que, a pesar de todo, cada cierto tiempo alguien me infantilea. Me refiero, como debe parecer evidente, a la acción de descalificar a alguien apelando a su condición infantil, aunque esta no sea tal.
Por ejemplo, hoy mi madre estaba fuera de sí por culpa de un problema que tenía, y al yo reiterarle mi sugerencia para aliviar su sufrimiento, me llevé un "a ver, acá ya hay adultos resolviendo este problema, gracias".
Estupor.
La última vez que me habían infantileado fue para el terremoto del año pasado, en que un amigo de mi papá (también por tratar de reiterar mi opinión en un asunto familiar que apremiaba una solución) me hizo callar diciendo: "dejemos que los papás vean qué hacer, ok". Y eso que él tampoco tenía nada que ver en el lío, pero, por un asunto de años, quizás, se sintió con autoridad para despacharme la frasecita.
Quiero aclarar que si se trata de edades, estoy más cerca de los treinta que de los veinte. Es decir, es francamente ridículo seguir siendo víctima de infantilización, especialmente dentro de mi propia familia y conocidos, que además me conocen lo suficiente para notar que simplemente hacen el soberano ridículo en esas situaciones.
Otro caso de infantilización no verbal es, por ejemplo, lo que tengo que vivir en cada uno de los almuerzos familiares en la casa de mi abuela paterna. Ahí es tradicional tener una mesa de niños y una de adultos. Pues yo, a mis 27 años, feliz comparto mesa con mi primo de 11 (porque, la verdad, se pasa más gracioso y se sufre menos que en la de "adultos"), pero cada vez que toco la silla, pienso "qué hago en la mesa de niños?!".
En defensa de mis perpetradores, para que vean qué madura soy (uff), puedo decir que sí me veo como un sujeto fácilmente infantilizable. Digamos... joven. Digamos... ya, infantil.
Pero es que la infantilidad aparente está en mi familia. No en todos, pero tengo una tía, por ejemplo, que parece como de 30 y tiene, no se, es hermana de mi abuelita, así que no me atrevo ni a imaginarlo. De hecho, ella da miedo y no se si me gustaría seguir ese mismo rastro genético, porque las confusiones que provoca en la gente pueden ser potencialmente catastróficas.
Ejemplo práctico -y reciente-: En las pasadas vacaciones, venía yo volviendo de Argentina y en la aduana me llama un tipo de la Policía de Investigaciones y, con mi carnet en mano, me mira fijo y me pregunta mi nombre. Yo le respondo. Entonces, me mira un poco más y me pregunta "a ver... y cuántos años tienes?". Así como para pillarme. Entonces yo le contesto extrañada, pero resuelta: "veintisiete".
Y el muy simpático se largó a reír. Pero poco, como con esa risa de ups! a la que no están ajenos ni siquiera los policías fronterizos.
Luego me devolvió mi documento y yo, mientras me retiraba de la ventanilla, recién me di cuenta de qué había pasado. La foto del carnet no coincide lógicamente con la fecha de nacimiento que indica. Y el buen efectivo de la polícía quería asegurarse de que no estuvieran tratando de internarme a mi, una pobre menor de edad, en el país usando un documento falso para servir a quizás qué oscuro propósito.
No, si aparte de destacar la buena labor de mis policías, esto me dejó claro que la infantilización de la que soy objeto es algo transversal a todas las esferas de la sociedad, civil y militar. Y eso que no he entrado en el
asunto de tratar de "conocer gente" de mi edad, viéndome como... no de mi edad.
Ni siquiera voy a tocar ese tema. Ahí me he llevado las mayores "anécdotas".
Al final, no me queda más que tratar de sacar cuentas alegres:
1.- En el futuro, me será mucho más fácil que a mis congéneres etarias tener mi propio Ashton Kutcher.
2.- Mientras me vea como una adolescente, mis comentarios sobre política serán mucho más impresionantes.
3.- En la jerarquía familiar, los hijos de la generación más joven siempre, pero siempre, van a ser los infantiles, y luego, los infantilizados. Aunque tengan cincuenta años, aunque estén jubilados... hasta... que ellos mismos tengan hijos. Entonces, la infantilización se traslada a esos nuevos "hijos".
Una linda dinámica, supongo. De la cual me veo en la obligación moral de aprovecharme en algún momento.
Bah! Una porquería de dinámica.
Así que, bien. Como iba diciendo, me parece increíble que, a pesar de todo, cada cierto tiempo alguien me infantilea. Me refiero, como debe parecer evidente, a la acción de descalificar a alguien apelando a su condición infantil, aunque esta no sea tal.
Por ejemplo, hoy mi madre estaba fuera de sí por culpa de un problema que tenía, y al yo reiterarle mi sugerencia para aliviar su sufrimiento, me llevé un "a ver, acá ya hay adultos resolviendo este problema, gracias".
Estupor.
La última vez que me habían infantileado fue para el terremoto del año pasado, en que un amigo de mi papá (también por tratar de reiterar mi opinión en un asunto familiar que apremiaba una solución) me hizo callar diciendo: "dejemos que los papás vean qué hacer, ok". Y eso que él tampoco tenía nada que ver en el lío, pero, por un asunto de años, quizás, se sintió con autoridad para despacharme la frasecita.
Quiero aclarar que si se trata de edades, estoy más cerca de los treinta que de los veinte. Es decir, es francamente ridículo seguir siendo víctima de infantilización, especialmente dentro de mi propia familia y conocidos, que además me conocen lo suficiente para notar que simplemente hacen el soberano ridículo en esas situaciones.
Otro caso de infantilización no verbal es, por ejemplo, lo que tengo que vivir en cada uno de los almuerzos familiares en la casa de mi abuela paterna. Ahí es tradicional tener una mesa de niños y una de adultos. Pues yo, a mis 27 años, feliz comparto mesa con mi primo de 11 (porque, la verdad, se pasa más gracioso y se sufre menos que en la de "adultos"), pero cada vez que toco la silla, pienso "qué hago en la mesa de niños?!".
En defensa de mis perpetradores, para que vean qué madura soy (uff), puedo decir que sí me veo como un sujeto fácilmente infantilizable. Digamos... joven. Digamos... ya, infantil.
Pero es que la infantilidad aparente está en mi familia. No en todos, pero tengo una tía, por ejemplo, que parece como de 30 y tiene, no se, es hermana de mi abuelita, así que no me atrevo ni a imaginarlo. De hecho, ella da miedo y no se si me gustaría seguir ese mismo rastro genético, porque las confusiones que provoca en la gente pueden ser potencialmente catastróficas.
Ejemplo práctico -y reciente-: En las pasadas vacaciones, venía yo volviendo de Argentina y en la aduana me llama un tipo de la Policía de Investigaciones y, con mi carnet en mano, me mira fijo y me pregunta mi nombre. Yo le respondo. Entonces, me mira un poco más y me pregunta "a ver... y cuántos años tienes?". Así como para pillarme. Entonces yo le contesto extrañada, pero resuelta: "veintisiete".
Y el muy simpático se largó a reír. Pero poco, como con esa risa de ups! a la que no están ajenos ni siquiera los policías fronterizos.
Luego me devolvió mi documento y yo, mientras me retiraba de la ventanilla, recién me di cuenta de qué había pasado. La foto del carnet no coincide lógicamente con la fecha de nacimiento que indica. Y el buen efectivo de la polícía quería asegurarse de que no estuvieran tratando de internarme a mi, una pobre menor de edad, en el país usando un documento falso para servir a quizás qué oscuro propósito.
No, si aparte de destacar la buena labor de mis policías, esto me dejó claro que la infantilización de la que soy objeto es algo transversal a todas las esferas de la sociedad, civil y militar. Y eso que no he entrado en el
asunto de tratar de "conocer gente" de mi edad, viéndome como... no de mi edad.
Ni siquiera voy a tocar ese tema. Ahí me he llevado las mayores "anécdotas".
Al final, no me queda más que tratar de sacar cuentas alegres:
1.- En el futuro, me será mucho más fácil que a mis congéneres etarias tener mi propio Ashton Kutcher.
2.- Mientras me vea como una adolescente, mis comentarios sobre política serán mucho más impresionantes.
3.- En la jerarquía familiar, los hijos de la generación más joven siempre, pero siempre, van a ser los infantiles, y luego, los infantilizados. Aunque tengan cincuenta años, aunque estén jubilados... hasta... que ellos mismos tengan hijos. Entonces, la infantilización se traslada a esos nuevos "hijos".
Una linda dinámica, supongo. De la cual me veo en la obligación moral de aprovecharme en algún momento.
Bah! Una porquería de dinámica.
Tuesday, June 14, 2011
Dos de la mañana.
Ahora tengo como regla autoimpuesta no googlear nada cuando estoy a punto de dormirme.
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