Veinte veinte el año inexistente

 Estamos en pandemia aún. Me encerré en marzo y ya es noviembre. 

Pero antes, con el estallido social, dejé de ir al cine en noviembre de 2019.

Entonces, llevo un año sin ir al cine.

Ir al cine es mi principal actividad outdoor. Aunque técnicamente es indoor, pero me refiero a "fuera de mi casa". 

Siento que me estoy volviendo loca. No lo digo en broma. Me han venido algunos síntomas similares a cuando pasé un año de pánico y ansiedad, y también estuve meses encerrada mientras volvía a sentirme fuerte como para salir.

Como sea, ahora estamos todos encerrados, y se supone que tenemos que cuidarnos y cuidar a los demás. Evitar circular para no contagiarnos, para no esparcir el virus.

Me acuerdo que al principio de todo esto, me alegré secreta y culposamente de que el coronavirus haya tomado tanto vuelo. Me sentía viviendo una de esas películas de pandemia. De hecho, muchas cosas comenzaron a parecerse demasiado a "Contagion", la de Soderbergh. Además, al encerrarse gran parte de la humanidad en sus casas, algunas cosas buenas pasaron. El aire estaba más limpio, el agua estaba más limpia, había silencio en la calle durante las noches y podíamos andar en pijama todo el día. 

Pero ahora estoy sintiendo una especie de despropósito constante. El mundo se me reduce de pantalla en pantalla. Mi vida transcurre frente al computador, frente al celular, y para distraerme, frente al televisor. Me di cuenta hace poco que ya no me estoy divirtiendo mucho, que me estoy poniendo un poco nerviosa. Siento como que el mundo se reduce de tamaño. Se achica. Se vuelve del porte de mi casa. Se vuelve del porte de una pantalla.

Todo está ahí. Ni siquiera hay que ir al supermercado. Te traen las cosas a domicilio. Todo tiene delivery. Los malls y los negocios estuvieron cerrados hasta hace poco, y ahora están empezando a abrir con aforo controlado, con desinfección obligatoria en las entradas y en muchos casos, hay que tener un permiso especial de "abastecimiento" o de "compra de insumos básicos" para entrar al supermercado o tiendas específicas que lo solicitan.

Siento que el mundo es tan pequeño, que creo que me estoy volviendo un poco loca de nuevo. Me dan miedo algunas cosas ridículas, como ver gente que dejé de ver cuando esto empezó, ponerme ropa "de calle" y comprobar que ahora me queda chica, salir a la calle y ver como está todo tan triste, tan vacío, tan lleno de mascarillas. Odio usar mascarilla. Lo hago solo por respeto a las normas y a los demás, porque no siento que me proteja realmente. El virus está en todos lados. Puede estar en tu ropa, en tu comida de delivery, en una bolsa del correo, en los productos del supermercado, en tus zapatos, en tu pelo... en todo.

Este año no ha pasado nada. Pero, a la vez, ha sido un año muy activo para mi. El primer semestre hice clases en modalidad virtual en la universidad donde estudié. Nunca había sido docente de nada y fue extra demandante partir en esta modalidad a distancia. Pero funcionó. 

Y cuando terminó el semestre, al mes siguiente me ofrecieron un tele-trabajo en una empresa de Santiago, en marketing digital. Lo tomé, aunque no me sentía muy preparada para lo que necesitaban. Lo hice principalmente porque en el país (y en el mundo) tantísima gente perdió su trabajo por la pandemia. No estaba para darse el lujo de rechazar oportunidades solo porque no me siento "suficientemente preparada" o porque es algo nuevo para mi. En el camino he ido aprendiendo y educándome en lo que necesito saber. 

Entonces, ha sido muy extraño este año. Porque he estado más activa que en cualquiera de los años anteriores de mi vida post estudiantil, pero, al mismo tiempo, siento como que no ha pasado NADA. Siento que ha sido un año perdido, destinado al olvido, falto de todo. Falto de aire. Un año de encierro, literal, pero últimamente también figurativo, porque mi mente empieza a encerrarse también. 

Siento como mi mente va acercando las paredes, va encontrando ese lugar pequeño y un poco oscurito para parapetarse. Y me pone nerviosa que lo haga, porque se que lo puede lograr.

Me mareo, me siento cansada, me dan nauseas, me dan esas ganas de llorar que nunca terminan en llanto, me duele la espalda, me dan dolores de cabeza de tres días de duración, se me duermen los dedos, pienso que tengo fiebre y no tengo, pienso que tengo coronavirus y no tengo. Pienso que el mundo se acabó. El mundo como lo conocíamos. El mundo sin mascarillas. El mundo de una persona al lado de la otra en las butacas del cine. 

El cine. Hasta el cine de ha ido y puede que no vuelva.

Se me escapa el sentido de las cosas. Se me va de una pantalla a otra. 

Funciono. Pero no se si estoy.

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