Crónicas domésticas
Hoy sucedió un hecho inédito. Mi madre, después de 22 años en el ejercicio de sus funciones, se olvidó de mandarle la colación del colegio a mi hermana chica. La pobre habrió su mochila en el primer recreo, como siempre, con la ilusión de encontrar su acostumbrada manzana hiper sana y su panecillo delicioso. Sin embargo, lo que encontró fue un gran vacío.
La incertidumbre la devastó, era más probable que se la hubieran robado telepáticamente a que mi mamá la hubiera olvidado. Pero así fue.
Cuando mi hermana contó este episodio en el auto, fuera del esperable "jaja" generalizado, se sintió un silencio preocupante. Algo pasó ahí. Mi mamá simplemente no se olvida de las cosas. Pero esta vez dijo, con toda calma, "para que vean que también soy humana"... y no lo decía en broma.
Mi mamá también es humana. Nos tomó 22 años desenmascararla.
Lo que me dejó pensando fue el hecho de que la mamá que yo conocí no es la misma mamá que conoce mi hermana menor y definitivamente no es la misma que conoce ahora mi hermana más pequeñísima. Con mi papá es lo mismo, solo que se nota menos... porque mi papá siempre se nota menos.
Es esperable que yo ya no sea la misma chiquilina de antaño, pero nunca había reparado en que los papás también tienen su propio ciclo de crecimiento. La primera parte es la del padre inexperto, en la que no se sabe muy bien qué hacer, por lo cual se prueba todo lo que se tenga al alcance. Lo curioso de esta etapa es que en el caso del hijo mayor es extensiva por toda la eternidad. En mi calidad de primogénita, me corresponde la herencia familiar y todo eso, no porque a unos burgueses se les ocurrió en un rato de ocio -que deben tener varios-, sino como una especie de compensación por ser los sujetos de prueba permanentes y vitalicios de todo padre y madre en esta tierra. Con nosotros aprenden del ensayo y error, y está bien. Alguien tiene que hacer el trabajo.
Una segunda etapa es la de acentamiento, en el cual los padres entienden de qué se trata el asunto y comienzan a manejarse con más soltura. Se reduce la anciedad y se pierde el pánico a las situaciones inesperadas. En esta etapa seguramente ya pasaron por esas primeras situaciones críticas y potencialmente desastrosas, emblemáticas de la paternidad temprana, como que se pierda uno de los niños en el supermercado, que alguno se haga una herida bien sangrona, que te hagan encalillarte por algún sobrevalorado juguete de moda, que que te llamen del colegio para discutir alguna materia irrelevante con el director, etc.
Cuando todas estas cosas comienzan a ser cotidianas, entra una tercera etapa: la de confianza, en la que los padres y madres ejercen sus funciones casi con piloto automático, es crianza a velocidad de crucero, en la que ya se cuenta con una especie de "manual mental experiencial para una paternidad exitosa". Básicamente, soluciones efectivas para problemas ya no tan desconocidos.
La última etapa, y ya más esperada a estas alturas, es la independencia. En ella, los niños se hacen su propio almuerzo, pagan su propia vencina cuando usan el auto o, derechamente, ya no viven en la casa familiar. La relación con los padres se transforma en un asunto de fin de semana y llamadas ocacionales. No se ha perdido el amor, solo el contacto. La independencia se comienza a disfrutar una vez superado todo eso del síndrome del nido vacío, pero cuando llega, promete ser excelente, como un retorno en el tiempo... hasta que llegan los nietos y el ciclo comienza todo de nuevo.
Mi hermana chica tiene una mamá que, en su caso, nunca pasó por la inexperiencia y alcanzó poco del acentamiento, para entrar directamente en una aproximación a la confianza, en la que está bien dejar a la gente sin comida hasta las 3 de la tarde. Bueno, no creo que ella haya estado muy triste de tener que comprarse un montón dulces hiper calóricos de colación, en todo caso.
La incertidumbre la devastó, era más probable que se la hubieran robado telepáticamente a que mi mamá la hubiera olvidado. Pero así fue.
Cuando mi hermana contó este episodio en el auto, fuera del esperable "jaja" generalizado, se sintió un silencio preocupante. Algo pasó ahí. Mi mamá simplemente no se olvida de las cosas. Pero esta vez dijo, con toda calma, "para que vean que también soy humana"... y no lo decía en broma.
Mi mamá también es humana. Nos tomó 22 años desenmascararla.
Lo que me dejó pensando fue el hecho de que la mamá que yo conocí no es la misma mamá que conoce mi hermana menor y definitivamente no es la misma que conoce ahora mi hermana más pequeñísima. Con mi papá es lo mismo, solo que se nota menos... porque mi papá siempre se nota menos.
Es esperable que yo ya no sea la misma chiquilina de antaño, pero nunca había reparado en que los papás también tienen su propio ciclo de crecimiento. La primera parte es la del padre inexperto, en la que no se sabe muy bien qué hacer, por lo cual se prueba todo lo que se tenga al alcance. Lo curioso de esta etapa es que en el caso del hijo mayor es extensiva por toda la eternidad. En mi calidad de primogénita, me corresponde la herencia familiar y todo eso, no porque a unos burgueses se les ocurrió en un rato de ocio -que deben tener varios-, sino como una especie de compensación por ser los sujetos de prueba permanentes y vitalicios de todo padre y madre en esta tierra. Con nosotros aprenden del ensayo y error, y está bien. Alguien tiene que hacer el trabajo.
Una segunda etapa es la de acentamiento, en el cual los padres entienden de qué se trata el asunto y comienzan a manejarse con más soltura. Se reduce la anciedad y se pierde el pánico a las situaciones inesperadas. En esta etapa seguramente ya pasaron por esas primeras situaciones críticas y potencialmente desastrosas, emblemáticas de la paternidad temprana, como que se pierda uno de los niños en el supermercado, que alguno se haga una herida bien sangrona, que te hagan encalillarte por algún sobrevalorado juguete de moda, que que te llamen del colegio para discutir alguna materia irrelevante con el director, etc.
Cuando todas estas cosas comienzan a ser cotidianas, entra una tercera etapa: la de confianza, en la que los padres y madres ejercen sus funciones casi con piloto automático, es crianza a velocidad de crucero, en la que ya se cuenta con una especie de "manual mental experiencial para una paternidad exitosa". Básicamente, soluciones efectivas para problemas ya no tan desconocidos.
La última etapa, y ya más esperada a estas alturas, es la independencia. En ella, los niños se hacen su propio almuerzo, pagan su propia vencina cuando usan el auto o, derechamente, ya no viven en la casa familiar. La relación con los padres se transforma en un asunto de fin de semana y llamadas ocacionales. No se ha perdido el amor, solo el contacto. La independencia se comienza a disfrutar una vez superado todo eso del síndrome del nido vacío, pero cuando llega, promete ser excelente, como un retorno en el tiempo... hasta que llegan los nietos y el ciclo comienza todo de nuevo.
Mi hermana chica tiene una mamá que, en su caso, nunca pasó por la inexperiencia y alcanzó poco del acentamiento, para entrar directamente en una aproximación a la confianza, en la que está bien dejar a la gente sin comida hasta las 3 de la tarde. Bueno, no creo que ella haya estado muy triste de tener que comprarse un montón dulces hiper calóricos de colación, en todo caso.
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