El cumple de mamá

Mi mamá está de cumpleaños. Eso significa, obviamente, que cumple un año más.
Eso, en esta parte del mundo, significa torta, regalos, familia y amigos llamandos por teléfono, algunos apareciéndose por la casa, etc.
Sin embargo, a mi mamá no le gusta su cumpleaño.
A media tarde salió al patio, como todos los días, con un cigarro y un montón de puzzles que saca de los diarios, y que mi papá le imprime de internet. Rellena los espacios con letras y forma palabras extrañas, que no tienen ningún sentido práctico, más que dar pie al surgimiento de palabras nuevas, igulamente inútiles.
Usa sólo mayúsculas.
Una vez yo completé una palabra que ella no sabía, y usé minúsculas. Hice mal. Ahora lo se.
Bueno, el asunto es que mi mamá, en su cumpleaño, hizo puzzles, contestó el teléfono, agradeció los saludos, comió dos desayunos, un almuerzo, dos onces y se apresta a comer una cena temprana, sin torta. La torta la hemos estado comiendo nosotras, sus hijas, desde ayer.
Es un día completa y absolutamente rutinario en su vida. Tal vez más rutinario que el resto de los días, incluso.
A mí tampoco me gusta hacer muchas cosas en mi cumpleaño, pero esto ya es mucho. Y no es que ella no quiera cumplir años, nada que ver, no tiene líos con eso. Pero, por alguna razón que no vale la pena desgastarse en investigar, ella esta bien así.
A mi me gustaría abrazarla y decirle "feliz cumpleaños!", gritando en su oreja. Pero no lo hago, precisamente porque entiendo que la mejor forma de hacer eso mismo es haciendo esto mismo: dándole su espacio para hacer puzzles y comer sus 6 comidas diarias, como un hobbit (como medio hobbit, en realidad).
Uno nunca sabe lo que pasa por la cabeza de las personas. Tal vez mañana despierte con ganas de inflar globos y tirar serpentinas. Aunque no es de esas.

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