La polera, la pared... y el ropero
Hace unas noches atrás tuve un sueño.
No me acuerdo muy bien de las circunstancias, pero al final, cuando uno supuestamente despierta y no se acuerda de nada... pasó algo distinto, que no vale la pena mencionar porque, uno: no me acuerdo, y, dos: era una acción común y corriente de sueño promedio sin importancia.
Bueno, en este último segundo de sueño, cuando ya escuchaba a lo lejos el ruido de la tele despertándome como todos los días... lo que sólo puedo describir como el secreto mejor guardado del universo chocó con mi cabeza. No se por qué, pero ahí quedé, absolutamente absorta en él, en el misterio cósmico supremo, en lo que mantiene las cosas juntas juntas, y las cosas dispersas dispersas.
Todo tenía tanto sentido, y con "todo", me refiero a TODO.
Fue maravilloso.
Y, claro, como siempre, traté de esforzarme al máximo para recordarlo cuando estuviera completamente despierta. Me aferré a ese lo que sea lo más que pude. Lo más que pude hasta que ya no pude aferrarme más.
Fue horrible. Volver, fue horrible.
Supongo que el conciente y el subconciente y el inconciente son tres cajones separados de una misma cajonera. Uno podría guardar un par de calcetines en el cajón de las poleras, o tratar de meter una de las poleras en el cajón de los chalecos... pero eso sólo acabaría con la pérdida de la polera en cuestión.
La conciencia humana es como el cajón de los chalecos. No se puede intentar guardar una polera ahí, porque se pierde. Eventual e irrevocablemente nos olvidaremos de dónde diablos dejamos esa magnífica polera, y aún si nos acordaramos, tampoco podríamos recuperarla entre toda esa lana mezclada (porque, a todo esto, no hay nada más ingenuo que esperar que los chalecos se mantengan ordenados y plegaditos en su lugar).
Sólo puedo decir que poseer el secreto mejor guardado del universo durante una mini fracción de segundo, digamos, "el secreto del universo", a secas, se siente como caer en la nada... pero sin la culpa. Como abandonarse al vacío sin remordimientos, como no tener nada que perder porque nada es tan grande como la nada y la nada lo contienen todo.
Debe ser parecido a tripular durante años una nave espacial que de un momento a otro choca con una vieja pared de ladrillo en el espacio, cuando "el fin del mundo" ya suena demasiado insignificante para la imaginación humana.
Yo creo que ya estamos llegando ahí.
No me acuerdo muy bien de las circunstancias, pero al final, cuando uno supuestamente despierta y no se acuerda de nada... pasó algo distinto, que no vale la pena mencionar porque, uno: no me acuerdo, y, dos: era una acción común y corriente de sueño promedio sin importancia.
Bueno, en este último segundo de sueño, cuando ya escuchaba a lo lejos el ruido de la tele despertándome como todos los días... lo que sólo puedo describir como el secreto mejor guardado del universo chocó con mi cabeza. No se por qué, pero ahí quedé, absolutamente absorta en él, en el misterio cósmico supremo, en lo que mantiene las cosas juntas juntas, y las cosas dispersas dispersas.
Todo tenía tanto sentido, y con "todo", me refiero a TODO.
Fue maravilloso.
Y, claro, como siempre, traté de esforzarme al máximo para recordarlo cuando estuviera completamente despierta. Me aferré a ese lo que sea lo más que pude. Lo más que pude hasta que ya no pude aferrarme más.
Fue horrible. Volver, fue horrible.
Supongo que el conciente y el subconciente y el inconciente son tres cajones separados de una misma cajonera. Uno podría guardar un par de calcetines en el cajón de las poleras, o tratar de meter una de las poleras en el cajón de los chalecos... pero eso sólo acabaría con la pérdida de la polera en cuestión.
La conciencia humana es como el cajón de los chalecos. No se puede intentar guardar una polera ahí, porque se pierde. Eventual e irrevocablemente nos olvidaremos de dónde diablos dejamos esa magnífica polera, y aún si nos acordaramos, tampoco podríamos recuperarla entre toda esa lana mezclada (porque, a todo esto, no hay nada más ingenuo que esperar que los chalecos se mantengan ordenados y plegaditos en su lugar).
Sólo puedo decir que poseer el secreto mejor guardado del universo durante una mini fracción de segundo, digamos, "el secreto del universo", a secas, se siente como caer en la nada... pero sin la culpa. Como abandonarse al vacío sin remordimientos, como no tener nada que perder porque nada es tan grande como la nada y la nada lo contienen todo.
Debe ser parecido a tripular durante años una nave espacial que de un momento a otro choca con una vieja pared de ladrillo en el espacio, cuando "el fin del mundo" ya suena demasiado insignificante para la imaginación humana.
Yo creo que ya estamos llegando ahí.
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