No preguntes de qué son las salchichas

No se por qué me acuerdo de este blog cuando estoy triste, cuando me sale mal algo, cuando hago el loco y quiero esconderme. 
Super ridículo, porque acá no me estoy escondiendo. Al contrario.

Y créanme que en esos casos me he esforzado mucho en mantener mis entradas con una medida de coherencia, porque cuando estoy triste, ni yo me entiendo lo que pienso. Es difícil intelectualizar esa sensación molesta de desazón existencial, que es como un cúmulo en el área de las costilla, que va llenando la caja toráxica al punto de que te empieza a doler un poco la espalda por la presión de toda esa emoción dentro. Anidando dentro.

Igual hay algo que aprecio mucho en la tristeza. La tristeza por tonteras, digo. 
La tristeza existencial me hace sentir bien conmigo misma. Me recuerda quién soy. 

A veces veo fotos mías de cuando era chica y me trato de meter en esa cabecita. Me pasa que me acuerdo mucho, no de lo que estaba haciendo, sino de lo que estaba pensando en ese tiempo, adentro de ese cuerpo chico y endeble. Me puedo acordar bastante de lo que creía, de lo que sentía, de lo que no quería que me pasara. Me acuerdo de lo que no quería ser. No quería ser como la gente que pasa por encima de la vida. Esa gente que dice "no me importa" o "no se", y está contenta.

Creo que ser feliz en el cotidiano nunca ha sido una de mis metas. 

Y me acuerdo de algo muy claramente: las preguntas. La mini yo tenía tantas preguntas, tantos cuestionamientos. Una cantidad insana de cuestionamientos, ahora lo se. La mini yo no entendía tantas cosas, tantísimas, que ahora si pudiera hablar con ella le diría "Relax. La Verdad no existe. Ningún adulto tiene la razón, ni tú la vas a tener, pero cada uno pasa el día igual".

Mis papás me compraron la "Enciclopedia de preguntas y respuestas de Charlie Brown" (6 tomos, ilustrada), que me ocupó y divirtió muchísimo, pero creo que me hizo más mal que bien. Conocer más solo te genera más dudas. Charlie Brown no lo sabía, pero, por ejemplo, me estaba mostrando, por primera vez, que había más de una religión, más de una Historia, más de una versión, en todo. Y así, tantas, tantísimas otras cosas que existían allá afuera, y que iban transformando el blanco y negro de la niñez, en cúmulos de rabiosos grises.

Curiosidad. Sorpresa. Conflicto. Desastre.

La receta de la felicidad es, efectivamente, no preguntar de qué son las salchichas. 

Para ser feliz, solo cómetelas. Cómetelas por mi también, porque yo nos las quiero.

Comments

Popular posts from this blog

Infantilización.

Veinte veinte el año inexistente

La señorita del medio