Ciruelas verdes, salpicadas de rojo

Estoy conciente de que, en general, tengo un caracter bastante llevadero.
Pero hay cosas que sacan el mosntruo verde que yace en mí.
La minoría de las veces se trata de imponderables que deciden aparecer cuando no deberían.
La mayoria de las veces se trata de alguien haciendo algo que simplemente va más allá de mi tolerancia.
Entonces me transformo y fluye por mi cerebro la sangre de un dictador oriental.

En la biblioteca de mi universidad - la UCSC, para que lo piensen dos veces antes de postular- las puertas de escape suelen ser decorativas. En caso de incendio o cualquier otro siniestro, habría que romper un vidrio para escapar por la puerta de escape.
Así mismo, la negligencia es tal que no sólo juega con nuestras vidas, sino también con nuestro dinero -cuya jerarquía moral es en este caso discutible- ya que cursando yo no sólo mi último semestre sino mi ULTIMA semana de clases en toda la carrera, veo finalmente publicado mi nombre como uno de los alumnos favorecidos con la aprobación de un crédito universitario con aval del Estado de Chile. Ahora, después de que la propia encargada de financiamiento y becas me dijo que no había forma de que me dieran ese beneficio. Ahora, que ya le debo hasta mi médula a un banco.
Qué bonito como nos abofetea el sistema, eh?


Hay una diferencia significativa entre una fila y una cola. La fila es la herramienta que los ciudadanos civilizados usamos para turnarnos en la recepción de un servicio. La cola es la deformación de la fila, la que es desvirtuada por los "colados" que atacan su estructura con su paracaidismo infame.

Hay una diferecia significativa entre lo mío, lo tuyo y lo de todos. Lo de todos suele ser una utopía macabra, por lo que es necesario que existan "guardianes" de lo público, como se hace, por ejemplo, con la plata de la nación. Bueno, los árboles de ciruelas que crecen en la vereda de una propiedad privada -digamos, la mía- corresponden, por un asunto de centímetros legales, a la municipalidad, pero informalmente pertenecen a mi propiedad como una extención de mi jardín, que mi familia se encarga de regar y mantener florido y hermoso. Sin embargo, es un ejercicio de tolerancia ver que un escolar saca una ciruela y se la come mientras continúa su camino, ya que esa ciruela también le pertenece en parte a él por derecho. Pero algo muy distinto es que venga un grupo de vagos con chalecos forforescentes de la municipalidad de chiguayante a fingir que arreglan la plaza frente a mi casa -cuando todo lo que hacen es pasearse y conversar con el guardia de lo fácil que es sacarle plata al sistema de empleos de emergencia- y que cuando se cansan de estar sentados, cruzan la calle y, usando sus desagradables chalecos como bolsa, se llevan TODAS las ciruelas que pueden alcanzar (lo que incluye colgarse de las ramas más frágiles del noble árbol, que en realida son dos).
Se las llevan verdes.
Luego se vuelven a sentar y se las comen, en medio de un creciente charco de cuescos salivados e infecciosos de ociosidad.
Cuando ya no puede ser peor, el guardia les ofrece algo de sal.
Yo observo tratando de alinear mis chacras, que para ese entonces ya estan dispersos por todo el espacio cuadrado de la habitación.
Lo único que me impide tomar la escopeta y llenarles el hueco en el que debería estar su materia gris con postones, es mi madre y su política de desmedida tolerancia civil, que lo abarca todo, excepto mi intolerancia.

Comments

Anonymous said…
es de esperar que toda esa rabia explote tarde o temprano

a por ello, muchachuela!
Anonymous said…
ya!
deberías publicar otra columna
sí!

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