El retorno del Jedi
Cuando trabajaba en la refinadora de petróleo local, todos los días mientras caminaba al casino para comer mi almuercito, me fijaba en un cartel que anunciaba orgullosamente, por ejemplo, "128 DÍAS SIN ACCIDENTES".
Todos los días, claro, la cifra aumentaba.
Hasta que una tarde estaba en el baño de la oficina, cuando alguien me toca la puerta y me dice que me dirija a la entrada del edificio. Sonaba una sirena y por el parlante del lobby una voz serena y acertiva nos pedía quedarnos en nuestros lugares de trabajo hasta recibir nueva información.
Al día siguiente, en mi caminata hacia el casino, leí: "0 DÍAS SIN ACCIDENTES".
Si yo tuviera un cartel de esos, cada día que trabajé en la refinería local, habría dicho "0 días sin accidentes", porque recuerdo ese tiempo como el más zen-accidentado de mi historia. Todos los días volvía a mi casa con ganas de matar a alguien, poner una bomba, dinamitar un edificio, mandar cartas con antrax, esparcir virus biológicos, etc.
Todo me molestaba, estaba constantemente incómoda, agobiada, en guardia, agotada, y no era por nada puntual, sino por el hecho (ahora trato de descifrarlo) de estar metiéndome de lleno en el sistema. De ver posible la opción de quedarme trabajando para siempre en un lugar como ese. Y especialmente en este caso, en que el trabajo tenía directa relación con mi carrera, una carrera hacia la cual no acabo de juntar odiosidades.
Después me retiré a hacer la tesis, y lo mismo.
Después hice un reportajucho de título, y lo mismo.
Después me fui a sentar en la oficina del jefe de carrera, y le vomité 5 años de frustraciones. 5 años de accidentes acumulados. Una disertación infame de todo lo que me pareció pésimo del sistema académico en nuestra escuelita de periodismo. Desde que los documentos oficiales que me entregaron para presentar a mi jefe en la refinería estaban tan mal redactados que me tuve que tomar la licencia de re escribirlos copiando el logo de la universidad, hasta que la maya académica era retrógrada, que la mitad de los profes tenían un desempeño vergonzoso, etc.
Ahora pienso que tal vez no se lo merecía.
En todo caso, estoy segura de que mis sugerencias póstumas para hacer de su escuelita un mejor lugar quedaron tiradas en un cajoncito similar al que guarda mis recuerdos escolares. Un cajón lleno de telarañas, al fondo de otro cajón.
No se cómo a los días después, el mismo personaje me llamó para ofrecerme trabajo en un diario local.
Bueno, cuando colgué en teléfono sentí algo en mi interior, como en mi corazoncito (si, lo tengo). Me quedé en silencio para escuchar bien. Decía: "1 DÍA SIN ACCIDENTES".
No se cómo, pero la vida empezó a sonreírme.
Como que me relajé. Me fui sintiendo libre de a poco. Me desadoctriné de lo que sea que me hayan querido meter en la cabeza por décadas, y que mi cabeza rechazaba a patadas. Me embarqué en un proceso de desintoxicación que terminó por abrirme a la posibilidad de abrazar la existencia en este tiempo y en este lugar, sin querer destruir edificios o mandar cartas con antrax.
Empecé a salir de mi casa en pantuflas.
Me volví sin-verguenza. Escuché música en mi cabeza. Hablé más fuerte cuando no me escucharon. Opiné cosas irreverentes. Conté lo que soñé anoche. Hice el robot en cada fiesta a la que fui. Dejé de comer carne (o la carne me dejó a mi). Insulté a los que me piropeaban en la calle. Defraudé a todos. Resetié mis valores morales. Hice a un lado las "señales". Cuando me la preguntaron, dije la verdad. Me rebauticé.
Creé mi propio sistema.
Bien...
Esta semana fui a almorzar con unos amigos, y uno de ellos me presentó al resto de la mesa como "la niña que no sale nunca de su casa". Por suerte entre nosotros había otra invitada que, de verdad, la pobre no puede salir nunca de su casa porque tiene como mil hijos en edades monstruosamente demandantes, y pronto el título me fue arrebatado, pero me quedé pensando en que, realmente, una gran parte de la efectividad de mi sistema se basa en tener el menor contacto posible con el SISTEMA.
Al SISTEMA no le cae nada de bien mi sistema.
Digamos, si el SISTEMA estuviera de cumpleaños, no invitaría a mi sistema.
Pero esta bien, porque cuando mi sistema esta de cumpleaños, tampoco lo invita a él. El problema es que al SISTEMA eso no le importa. El SISTEMA está acostumbrado a colarse. Y trata de hacerlo todo el tiempo, en todos los aspectos de la vida. Así que, efectivamente, la forma más fácil que tiene mi sistema para procurar su supervivencia y desarrollo es mantenerse dentro de los límites de mi entorno más cercano.
Fuera de ese entorno, hay que explicarse todo el tiempo, soportar tradiciones lesas, aguantar esas pequeñas injusticias cotidianas, hacer oídos sordos ante las palabras necias, pelear con los colados en la fila, llevar los papeles de la ventanilla A a la B y de vuelta a la A, tolerar que se celebre la "pillería" en los niños y la "astucia" en los adultos, ver la decadencia galopante de la gente que no logra dejar de mirarse el ombligo.
... Ya no es para mi.
Y, es verdad, salir lo menos posible de mi casa, me ayuda a prevenir accidentes.
(por supuesto, ningún método es infalible) (aunque este se acerca bastante)
Todos los días, claro, la cifra aumentaba.
Hasta que una tarde estaba en el baño de la oficina, cuando alguien me toca la puerta y me dice que me dirija a la entrada del edificio. Sonaba una sirena y por el parlante del lobby una voz serena y acertiva nos pedía quedarnos en nuestros lugares de trabajo hasta recibir nueva información.
Al día siguiente, en mi caminata hacia el casino, leí: "0 DÍAS SIN ACCIDENTES".
Si yo tuviera un cartel de esos, cada día que trabajé en la refinería local, habría dicho "0 días sin accidentes", porque recuerdo ese tiempo como el más zen-accidentado de mi historia. Todos los días volvía a mi casa con ganas de matar a alguien, poner una bomba, dinamitar un edificio, mandar cartas con antrax, esparcir virus biológicos, etc.
Todo me molestaba, estaba constantemente incómoda, agobiada, en guardia, agotada, y no era por nada puntual, sino por el hecho (ahora trato de descifrarlo) de estar metiéndome de lleno en el sistema. De ver posible la opción de quedarme trabajando para siempre en un lugar como ese. Y especialmente en este caso, en que el trabajo tenía directa relación con mi carrera, una carrera hacia la cual no acabo de juntar odiosidades.
Después me retiré a hacer la tesis, y lo mismo.
Después hice un reportajucho de título, y lo mismo.
Después me fui a sentar en la oficina del jefe de carrera, y le vomité 5 años de frustraciones. 5 años de accidentes acumulados. Una disertación infame de todo lo que me pareció pésimo del sistema académico en nuestra escuelita de periodismo. Desde que los documentos oficiales que me entregaron para presentar a mi jefe en la refinería estaban tan mal redactados que me tuve que tomar la licencia de re escribirlos copiando el logo de la universidad, hasta que la maya académica era retrógrada, que la mitad de los profes tenían un desempeño vergonzoso, etc.
Ahora pienso que tal vez no se lo merecía.
En todo caso, estoy segura de que mis sugerencias póstumas para hacer de su escuelita un mejor lugar quedaron tiradas en un cajoncito similar al que guarda mis recuerdos escolares. Un cajón lleno de telarañas, al fondo de otro cajón.
No se cómo a los días después, el mismo personaje me llamó para ofrecerme trabajo en un diario local.
Bueno, cuando colgué en teléfono sentí algo en mi interior, como en mi corazoncito (si, lo tengo). Me quedé en silencio para escuchar bien. Decía: "1 DÍA SIN ACCIDENTES".
No se cómo, pero la vida empezó a sonreírme.
Como que me relajé. Me fui sintiendo libre de a poco. Me desadoctriné de lo que sea que me hayan querido meter en la cabeza por décadas, y que mi cabeza rechazaba a patadas. Me embarqué en un proceso de desintoxicación que terminó por abrirme a la posibilidad de abrazar la existencia en este tiempo y en este lugar, sin querer destruir edificios o mandar cartas con antrax.
Empecé a salir de mi casa en pantuflas.
Me volví sin-verguenza. Escuché música en mi cabeza. Hablé más fuerte cuando no me escucharon. Opiné cosas irreverentes. Conté lo que soñé anoche. Hice el robot en cada fiesta a la que fui. Dejé de comer carne (o la carne me dejó a mi). Insulté a los que me piropeaban en la calle. Defraudé a todos. Resetié mis valores morales. Hice a un lado las "señales". Cuando me la preguntaron, dije la verdad. Me rebauticé.
Creé mi propio sistema.
Bien...
Esta semana fui a almorzar con unos amigos, y uno de ellos me presentó al resto de la mesa como "la niña que no sale nunca de su casa". Por suerte entre nosotros había otra invitada que, de verdad, la pobre no puede salir nunca de su casa porque tiene como mil hijos en edades monstruosamente demandantes, y pronto el título me fue arrebatado, pero me quedé pensando en que, realmente, una gran parte de la efectividad de mi sistema se basa en tener el menor contacto posible con el SISTEMA.
Al SISTEMA no le cae nada de bien mi sistema.
Digamos, si el SISTEMA estuviera de cumpleaños, no invitaría a mi sistema.
Pero esta bien, porque cuando mi sistema esta de cumpleaños, tampoco lo invita a él. El problema es que al SISTEMA eso no le importa. El SISTEMA está acostumbrado a colarse. Y trata de hacerlo todo el tiempo, en todos los aspectos de la vida. Así que, efectivamente, la forma más fácil que tiene mi sistema para procurar su supervivencia y desarrollo es mantenerse dentro de los límites de mi entorno más cercano.
Fuera de ese entorno, hay que explicarse todo el tiempo, soportar tradiciones lesas, aguantar esas pequeñas injusticias cotidianas, hacer oídos sordos ante las palabras necias, pelear con los colados en la fila, llevar los papeles de la ventanilla A a la B y de vuelta a la A, tolerar que se celebre la "pillería" en los niños y la "astucia" en los adultos, ver la decadencia galopante de la gente que no logra dejar de mirarse el ombligo.
... Ya no es para mi.
Y, es verdad, salir lo menos posible de mi casa, me ayuda a prevenir accidentes.
(por supuesto, ningún método es infalible) (aunque este se acerca bastante)
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