Felicidad por omisión.

Ayer me di cuenta de lo fácil q es hacer feliz a las personas. Estoy hablando, por supesto, de personas particulares, en ningún caso de las personas en el sentido de, no se, "humanidad". Porque creo q, en ese caso, no ha nacido el individuo capaz de dar con la receta mágica.

Bien, partamos acordando q la felicidad no es más que momentos felices, q si al sumarse exceden a los tristes, entonces resultan en una especie de "estado" que los optimistas gustan llamar así: felicidad.

Dicho esto, la clave para hacer feliz a las personas es crearles, o permitirles tener, estos momentos felices.
Yo, por ejemplo, odio a mi abuelo (por suerte, eso si, tengo al otro, que lo compensa sobradamente) y ayer me vi obligada a verlo y saludarlo. Me dijo q me había mandado unas revistas intelectualoides q cree q me encantan, y le respondí q las había recibido. Luego él se jactó de ser un muy buen abuelo (por mandar dos revistas fomes cada 3 años) y yo... lo pensé un momento... y luego decidí decirle algo como "si, gracias, ya las estuve ojeando", como con cara de moderado entusiasmo (aunque, moderado o no, es entusiasmo al fin).
Entonces él se sintió feliz. No porque yo estuviera feliz de tener sus revistas, claramente, sino por el hecho de que era un excelente abuelo, tan generoso y preocupado. Casi pude ver como se palmoteaba su propia espalda.
Por supuesto, su felicidad estaba basada en una mentira (aunque felicidad, de mentira o no, es felicidad al fin).
Aclaro, para no quedar como "nieta malagradecida", que estamos hablando de un caballero que nunca a estado en mi vida (excepto para la foto), que en mi cumpleaños número 25 me saludó por mis felices QUINCE, q en un discurso familiar trató a mi prima chica de "su primogénita" (de mas está decir q soy yo) y que como no estoy segura de q se sepa mi nombre, los últimos ocho años me ha llamado "mi periodista".
Con razón me manda esas revistas tan snob. Claramente no sabe nada de mi.

Y, sin embargo, me saluda con cariño, como si fueramos cercanos, o algo. Una vez dijo q estaba orgulloso de mi.
Supongo q ese tipo de cosas también le dan momentos felices.
Y yo lo dejo. Ya, a estas alturas, lo dejo. Lo dejo inventarse una nieta ideal en su mente. Una nieta q a la prematura edad de 15 años puede discutirle cuestiones filosóficas y comentarle los últimos artículos de Atenea. Lo dejo tener su nieta, esa que por omisión de contacto real, se ha dibujado tan naturalmente en su recuerdo de viejo nostálgico. Nostálgico de los años, las décadas, en q se borró del mapa. Y, yo, sinceramente, no lo habría querido de otra forma.
Así que, como siento q por mi desprecio se lo debo, lo dejo.

A costa de medias sonrisas y vistas gordas, hago feliz a un viejo soberbio.
Qué me cuesta?
Más me costaría decirle la verdad.

Comments

Popular posts from this blog

Infantilización.

La señorita del medio

Bestias de cuatro patas... bestias de dos patas.