Artificialmente evolucionada... al fin.
Ha sido tortuoso y dilatado. Ha sido un camino de pros, contras, piedras y breves explanadas. De rebeldía y resignación durante años. Siempre esa recignación al final, esa de "habrá que hacerlo en algún momento, si no es ahora... luego". Hasta que ya es luego es clínicamente inevitable.
Oh Dios! Por qué nos llenaste de muelas inservibles!
Por ahí dicen que cuando eramos cabernícolas, las "muelas del juicio" (un nombre tan popular como sugerente para los terceros molares) eran una pieza clave en nuestra supervivencia culinaria. Por ese tiempo, consumíamos casi crudos los alimentos, muy duros, no precisamente filetes y vegetales al vapor. Por lo que cuatro monstruosas piezas dentales al final de la mandíbula harían esa pequeña gran difertencia de mastique que nos permitiría la digestión saludable a la que todo ser humano (aún en sus más termprana etapa evolutiva) tiene pleno derecho.
Bueno, pero desde eso ha pasado... uuufff, algunos años ya. Y, sin embargo, esas porquería de muelas siguen hinchando... muchas veces literalmente, como en mi caso.
La primera que me sacaron fue prácticamente a lo bruto. Con un dentista amigo de otro dentista, que no solo me hizo pasar el susto de mi vida con sus prácticas poco ortodoxas en pabellón (entre otras cosas, vaciarme alcohol de heridas en la boca y la naríz para desinfectar, o sacar sus artefactos supuestamente sanitizados desde roñosas bolsas de papel café), sino que no me dio ni un solo medicamento para el dolor, hinchazón, infeccción o cualquier otra cosa.
Como resultado, pasé una semana infernal en mi cama, recluida con el dolor más atróz que había tenido hasta ese momento (casi una década atrás) y con un moretón que se extendía desde el ojo hasta las costillas. Grotesto en verdad, pregunten a los que tuvieron que verme en tan deplorable estado.
De más está decir que en esa ocación juré sobre lo más sagrado que JAMÁS, jamás en la vida dejaría a otro dentista hacerme lo mismo, y a mi favor puedo decir que esa determinación, nacida más del pánico que de la tosudez, duró años. Claro que no para siempre. Las radiografías siempre sacan a la luz la fea verdad: una afuera... quedan tres.
El cuento corto es que me cambié de doctor, lo que suele ser un gran salto de fe en un completo desconocido, encontrado casi por azar en el mar de especialistas de la guía telefónica. Había ido a visitar otro "recomendado" con anterioridad, pero me decidí por el que yo misma busqué básicamente por tres razones. La primera: el segundo no tenía plantas, una tele, un refrigerador viejo y su propio escritorio lleno de papeles, en la sala donde efectuaba los procedimientos.
La segunda: el segundo atendía en una verdadera silla de dentista que cumplía los estándares actuales de comodidad y funcionalidad, al igual que el resto de los profesionales del mismo centro médico.
La tercera: el primero era un viejo muy relajado, de esos de la vieja escuela que hasta hace pocos años se dedicaron a la docencia déspota y mal intencionada, acostumbrados a que sus procedimientos no son precisamente catalogados como paseos de placer y, por lo tanto, deben doler y desagradar per sé. Digamos, justifican su mala praxis en las concepciones culturales que todos tenemos hacia el rubro.
Creo que un aspecto fundamental para que logre confiar en un médico, de cualquier especialidad, es la edad. Tienen que ser de edad mediana, para que no estén cansados o desanimados con respecto a lo que hacen y, además, que tengan un entrenamiento más o menos actualizado.
Siempre confío más en los que todavía le ven magia a lo que hacen.
En fin, con mucho gusto me tomé con anticipación el tropel de pastillas que me dio este verdugo a prueba. Una para los moretones e hinchazón, un antibiótico muy amable y la divina píldora para el dolor. Dios la salve.
Claro que ni eso me salva de los ataques de acabo de mundo que me vienen previos a la hora de la anestesia. Pero, qué puedo decir, ahí me terminó de convencer este tipo. Este tipo está operadísimo del nervio. Podría sacarle una muela a un niño de 11 años mientras viste un traje de Freddy Kruger. Es así de calmado.
Todo bien. Todo mejor.
Al tiempo después se me fueron acabando las excusas, y volví a sacarme las que faltaban en la medida en que sus situaciones individuales se hacían insostenibles. Digamos, para sacarme una muela, tiene que ser una asunto de "ella o yo".
Así fue esta vez también, claro que era la última vez. Ahora tengo la boca suturada, me tira al hablar y me hace tener una voz estúpida.
Si, es el precio de la evolución. Ojalá que para las próximas generaciones ya hayan recibido el memo...
"No necesitamos más muelas inservibles!!!"
Aunque puede que el memo enviado por los cirujanos maxilofaciales tuvo más peso:
"Necesitamos mantener nuestro negocio abierto!!!"
Esto ya perdió todo el sentido.
Oh Dios! Por qué nos llenaste de muelas inservibles!
Por ahí dicen que cuando eramos cabernícolas, las "muelas del juicio" (un nombre tan popular como sugerente para los terceros molares) eran una pieza clave en nuestra supervivencia culinaria. Por ese tiempo, consumíamos casi crudos los alimentos, muy duros, no precisamente filetes y vegetales al vapor. Por lo que cuatro monstruosas piezas dentales al final de la mandíbula harían esa pequeña gran difertencia de mastique que nos permitiría la digestión saludable a la que todo ser humano (aún en sus más termprana etapa evolutiva) tiene pleno derecho.
Bueno, pero desde eso ha pasado... uuufff, algunos años ya. Y, sin embargo, esas porquería de muelas siguen hinchando... muchas veces literalmente, como en mi caso.
La primera que me sacaron fue prácticamente a lo bruto. Con un dentista amigo de otro dentista, que no solo me hizo pasar el susto de mi vida con sus prácticas poco ortodoxas en pabellón (entre otras cosas, vaciarme alcohol de heridas en la boca y la naríz para desinfectar, o sacar sus artefactos supuestamente sanitizados desde roñosas bolsas de papel café), sino que no me dio ni un solo medicamento para el dolor, hinchazón, infeccción o cualquier otra cosa.
Como resultado, pasé una semana infernal en mi cama, recluida con el dolor más atróz que había tenido hasta ese momento (casi una década atrás) y con un moretón que se extendía desde el ojo hasta las costillas. Grotesto en verdad, pregunten a los que tuvieron que verme en tan deplorable estado.
De más está decir que en esa ocación juré sobre lo más sagrado que JAMÁS, jamás en la vida dejaría a otro dentista hacerme lo mismo, y a mi favor puedo decir que esa determinación, nacida más del pánico que de la tosudez, duró años. Claro que no para siempre. Las radiografías siempre sacan a la luz la fea verdad: una afuera... quedan tres.
El cuento corto es que me cambié de doctor, lo que suele ser un gran salto de fe en un completo desconocido, encontrado casi por azar en el mar de especialistas de la guía telefónica. Había ido a visitar otro "recomendado" con anterioridad, pero me decidí por el que yo misma busqué básicamente por tres razones. La primera: el segundo no tenía plantas, una tele, un refrigerador viejo y su propio escritorio lleno de papeles, en la sala donde efectuaba los procedimientos.
La segunda: el segundo atendía en una verdadera silla de dentista que cumplía los estándares actuales de comodidad y funcionalidad, al igual que el resto de los profesionales del mismo centro médico.
La tercera: el primero era un viejo muy relajado, de esos de la vieja escuela que hasta hace pocos años se dedicaron a la docencia déspota y mal intencionada, acostumbrados a que sus procedimientos no son precisamente catalogados como paseos de placer y, por lo tanto, deben doler y desagradar per sé. Digamos, justifican su mala praxis en las concepciones culturales que todos tenemos hacia el rubro.
Creo que un aspecto fundamental para que logre confiar en un médico, de cualquier especialidad, es la edad. Tienen que ser de edad mediana, para que no estén cansados o desanimados con respecto a lo que hacen y, además, que tengan un entrenamiento más o menos actualizado.
Siempre confío más en los que todavía le ven magia a lo que hacen.
En fin, con mucho gusto me tomé con anticipación el tropel de pastillas que me dio este verdugo a prueba. Una para los moretones e hinchazón, un antibiótico muy amable y la divina píldora para el dolor. Dios la salve.
Claro que ni eso me salva de los ataques de acabo de mundo que me vienen previos a la hora de la anestesia. Pero, qué puedo decir, ahí me terminó de convencer este tipo. Este tipo está operadísimo del nervio. Podría sacarle una muela a un niño de 11 años mientras viste un traje de Freddy Kruger. Es así de calmado.
Todo bien. Todo mejor.
Al tiempo después se me fueron acabando las excusas, y volví a sacarme las que faltaban en la medida en que sus situaciones individuales se hacían insostenibles. Digamos, para sacarme una muela, tiene que ser una asunto de "ella o yo".
Así fue esta vez también, claro que era la última vez. Ahora tengo la boca suturada, me tira al hablar y me hace tener una voz estúpida.
Si, es el precio de la evolución. Ojalá que para las próximas generaciones ya hayan recibido el memo...
"No necesitamos más muelas inservibles!!!"
Aunque puede que el memo enviado por los cirujanos maxilofaciales tuvo más peso:
"Necesitamos mantener nuestro negocio abierto!!!"
Esto ya perdió todo el sentido.
Comments