La epifanía de Carrie
Estaba viendo el último capítulo de Sex and the City anoche, una serie que suelo seguir sagradamente cada domingo, aunque ya no en el HBO (su casa original, donde me enganché cuando ya estaba en su penúltima temporada), sino en el canal La Red, donde la pasan doblada al español, todas las temporadas seguidas, a un ritmo de dos capítulos por semana.
Se trata de un proceso televisivo que se reinicia prácticamente cada año, como un ciclo sin fin que se sustenta en el éxito alcanzado en su primera emisión, que ya ni recuerdo cuándo fue de tantas veces que la han repetido.
Da igual, porque la he visto todas esas veces.
Anoche, como decía, fue el último capítulo (de nuevo), que corona el desenlace de una línea dramática que parte en los últimos 4 o 5 capítulos y marca el comienzo del final, cuando las cuatro protagonistas transitan por un periodo simultáneo de fechas límite e incertidumbres que ya no dan más y deben ser resueltas de una forma u otra. Esto no es nada novedoso en términos televisivos, puesto que al final de un camino tan largo, como espectadores esperamos separarnos de nuestros entrañables amigos ficticios sabiendo al menos cómo será el resto de sus vidas, que ya no podremos ver.
En el caso de la figura central, Carrie, estas desiciones de "final de la serie-final de de la vida" la llevan a vivir a Paris junto al Ruso, su pareja dispareja con la cual ella quiere creer que pertenece. La idea de los guionistas, evidente y efectivamente, es hacernos pensar que este tipo es, con 100% de seguridad, el equivocado para Carrie. Comenzamos a pensar en todos los otros hombres con los que estuvo antes de él y lo buenos que se ven al lado de este infame soviético egocéntrico e inseguro, incluso Mr. Big, ese egoísta-carismático empresario cuarentón al que es adicta.
Pero, por el contrario, es a él a quien ella decide cederle practicamente todo el control de su vida, llegando al punto de dejar su trabajo, sus amigas y, lo más importante, su adorada New York, para seguirlo en el reencuentro con SU trabajo, SUS amigos y SU ciudad de residencia: París.
Es interesante la elección de la ciudad, algo para nada arbitrario, sino que responde a la proyección de los más entrañables sueños de Carrie. Invitarla a Paris es como invitar a un niño a Fantasilandia y después a la chocolatería.
Es esperable, entonces, que Carrie se sienta dichosa en su primer acercamiento al paraíso de la moda, del arte, los perfumes, las luces y, por sobre todo, del amor.
Pero después de unos días se da cuenta de que su Ruso verdaderamente ha ido a trabajar, relegándola sin querer a la categoría de mujer florero. Ha hecho de ella un cliché: una americana en París. Y lo único peor que ser una americana en París, es ser una americana sola en París.
Su situación se vuelve patética, y no hay tarde de compras compulsivas en Channel que pueda remediarlo.
Más encima, como la cereza que adorna la torta de su declarada desdicha, perdió un collar con su nombre en letras de oro, con el que la vimos durante toda la serie.
El ruso le regala uno de diamantes en su lugar. El ruso, claramente, no entiende nada (bueno, no es antojadizo, tampoco, que el personaje sea ruso). Igualmente ella, muy dama, le agradece el gesto y se lo retribuye con aún más entrega y apoyo incondicional.
En fin, así estan las cosas al final, cuando el ruso le pide que lo acompañe a la inauguración de su galería en lugar de que asista a la fiesta que sus únicos amigos en Paris han planeado para ella. Como los acababa de conocer, no tiene un teléfono para cancelar, por lo que se ve obligada a dejarlos plantados. El ruso, que está devastado de nervios por la recepción que tendrá su última obra, es más importante.
Pero en la inauguración él es alabado por sus colegas, y ella, que ya no es útil para amortiguarle el frazaso, es desechada nuevamente.
Y ahí está nuestra Carrie, sentada sola en una banca de la galería, buscando cigarros en su cartera, porque en París volvió a fumar, cuando descubre que, para colmo de males, su cartera tiene un agujero en el forro. Es oficial: no puede ser peor.
Entonces siente algo bajo el forro, y lo busca con su dedo a través del agujero... es su collar de "Carrie", que estuvo todo el tiempo en su cartera, aunque ella no pudiera verlo.
La emoción (que mamonamente compartimos frente al televisor) la hace pararse de la banca como un resorte y correr a la fiesta de sus amigos, esperando que aún esté en pie. Pero cuando llega al lugar, sólo se encuentra con los restos del desaire que les hizo.
Así, Carrie no sólo está sola en París, sino que además ha perdido pan y pedazo. Aunque al pan, en este caso el ruso, renunció voluntariamente.
Me encanta esto.
Después de seis temporadas de líos, a nuestra torpe heroína sólo le toma unos 5 segundos darse cuenta de que no es precisamente, como esperaba, la mujer postmoderna, liberada de ataduras, autosuficiente y capaz de irse a París con alguien a quien se ha forzado a querer, a falta de otro candidato mejor.
Ahora todo lo que quiere es volver a New York, es decir, volver a ser Carrie.
Se hace obvia la grandiosa metáfora implísita en una simplona serie de televisión para señoras: el collar es el corazón, la cartera es París y el agujero en ella es el miedo a no lograr lo que el corazón desea.
En el fondo (bien en el fondo, para algunos) todos buscamos lo mismo. Aunque en distintas formas, colores, tamaños y demases a considerar, claro.
Y en el caso de Carrie, es Mr. Big, quién (para efectos de no tener a una turba de solteras treintonas manifestándose frente al edificio de HBO) coincidentemente ha dejado atrás sus malas costumbres para ir, cual príncipe de La Bella Durmiente, a buscarla a París para "llevarla a casa".
No tengo nada más que decir respecto a Sex and the City.
Se trata de un proceso televisivo que se reinicia prácticamente cada año, como un ciclo sin fin que se sustenta en el éxito alcanzado en su primera emisión, que ya ni recuerdo cuándo fue de tantas veces que la han repetido.
Da igual, porque la he visto todas esas veces.
Anoche, como decía, fue el último capítulo (de nuevo), que corona el desenlace de una línea dramática que parte en los últimos 4 o 5 capítulos y marca el comienzo del final, cuando las cuatro protagonistas transitan por un periodo simultáneo de fechas límite e incertidumbres que ya no dan más y deben ser resueltas de una forma u otra. Esto no es nada novedoso en términos televisivos, puesto que al final de un camino tan largo, como espectadores esperamos separarnos de nuestros entrañables amigos ficticios sabiendo al menos cómo será el resto de sus vidas, que ya no podremos ver.
En el caso de la figura central, Carrie, estas desiciones de "final de la serie-final de de la vida" la llevan a vivir a Paris junto al Ruso, su pareja dispareja con la cual ella quiere creer que pertenece. La idea de los guionistas, evidente y efectivamente, es hacernos pensar que este tipo es, con 100% de seguridad, el equivocado para Carrie. Comenzamos a pensar en todos los otros hombres con los que estuvo antes de él y lo buenos que se ven al lado de este infame soviético egocéntrico e inseguro, incluso Mr. Big, ese egoísta-carismático empresario cuarentón al que es adicta.
Pero, por el contrario, es a él a quien ella decide cederle practicamente todo el control de su vida, llegando al punto de dejar su trabajo, sus amigas y, lo más importante, su adorada New York, para seguirlo en el reencuentro con SU trabajo, SUS amigos y SU ciudad de residencia: París.
Es interesante la elección de la ciudad, algo para nada arbitrario, sino que responde a la proyección de los más entrañables sueños de Carrie. Invitarla a Paris es como invitar a un niño a Fantasilandia y después a la chocolatería.
Es esperable, entonces, que Carrie se sienta dichosa en su primer acercamiento al paraíso de la moda, del arte, los perfumes, las luces y, por sobre todo, del amor.
Pero después de unos días se da cuenta de que su Ruso verdaderamente ha ido a trabajar, relegándola sin querer a la categoría de mujer florero. Ha hecho de ella un cliché: una americana en París. Y lo único peor que ser una americana en París, es ser una americana sola en París.
Su situación se vuelve patética, y no hay tarde de compras compulsivas en Channel que pueda remediarlo.
Más encima, como la cereza que adorna la torta de su declarada desdicha, perdió un collar con su nombre en letras de oro, con el que la vimos durante toda la serie.
El ruso le regala uno de diamantes en su lugar. El ruso, claramente, no entiende nada (bueno, no es antojadizo, tampoco, que el personaje sea ruso). Igualmente ella, muy dama, le agradece el gesto y se lo retribuye con aún más entrega y apoyo incondicional.
En fin, así estan las cosas al final, cuando el ruso le pide que lo acompañe a la inauguración de su galería en lugar de que asista a la fiesta que sus únicos amigos en Paris han planeado para ella. Como los acababa de conocer, no tiene un teléfono para cancelar, por lo que se ve obligada a dejarlos plantados. El ruso, que está devastado de nervios por la recepción que tendrá su última obra, es más importante.
Pero en la inauguración él es alabado por sus colegas, y ella, que ya no es útil para amortiguarle el frazaso, es desechada nuevamente.
Y ahí está nuestra Carrie, sentada sola en una banca de la galería, buscando cigarros en su cartera, porque en París volvió a fumar, cuando descubre que, para colmo de males, su cartera tiene un agujero en el forro. Es oficial: no puede ser peor.
Entonces siente algo bajo el forro, y lo busca con su dedo a través del agujero... es su collar de "Carrie", que estuvo todo el tiempo en su cartera, aunque ella no pudiera verlo.
La emoción (que mamonamente compartimos frente al televisor) la hace pararse de la banca como un resorte y correr a la fiesta de sus amigos, esperando que aún esté en pie. Pero cuando llega al lugar, sólo se encuentra con los restos del desaire que les hizo.
Así, Carrie no sólo está sola en París, sino que además ha perdido pan y pedazo. Aunque al pan, en este caso el ruso, renunció voluntariamente.
Me encanta esto.
Después de seis temporadas de líos, a nuestra torpe heroína sólo le toma unos 5 segundos darse cuenta de que no es precisamente, como esperaba, la mujer postmoderna, liberada de ataduras, autosuficiente y capaz de irse a París con alguien a quien se ha forzado a querer, a falta de otro candidato mejor.
Ahora todo lo que quiere es volver a New York, es decir, volver a ser Carrie.
Se hace obvia la grandiosa metáfora implísita en una simplona serie de televisión para señoras: el collar es el corazón, la cartera es París y el agujero en ella es el miedo a no lograr lo que el corazón desea.
En el fondo (bien en el fondo, para algunos) todos buscamos lo mismo. Aunque en distintas formas, colores, tamaños y demases a considerar, claro.
Y en el caso de Carrie, es Mr. Big, quién (para efectos de no tener a una turba de solteras treintonas manifestándose frente al edificio de HBO) coincidentemente ha dejado atrás sus malas costumbres para ir, cual príncipe de La Bella Durmiente, a buscarla a París para "llevarla a casa".
No tengo nada más que decir respecto a Sex and the City.
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