La canción del verano

Ya casi se acaba la época de vacaciones, de echarse en la cama a ver tele indiscriminadamente, de sacudirse la arena de los pantalones y las zapatillas, de guardar los restos de bloqueador solar en el cajón olvidado del baño, de empezar a aplicarse aloe vera en la piel descuerada, de bajar del entretecho la caja de los chalecos y bufandas.
aaahhh, el tiempo de desempolvar los abrigos se acerca.
Pero antes... hay una última cosa por hacer: acordar cuál fue la canción del verano.

No hablo de esas horribles melodías reguetoneras y dantescas que escuchamos majaderamente en todos lados, sino de la canción que, muchas veces de forma inconciente, escuchamos más veces de lo normal y tarareamos constantemente el resto del tiempo.

Hablo de ESA canción, que es distinta para cada persona, aunque, ciertamente, se contagia en algunas ocaciones, pasando a ser una especie de canción del verano adquirida.

Siempre he creído que algunas veces las canciones, así como las películas, nos encuentran a nosotros. Por cursi que suene esto, no le veo otra explicación a esas situaciones en que nos sentimos especial e insospechadamente cómodos con alguna de estas cosas.
Punto aparte es que culturalmente no exista la canción del invierno, por ejemplo, ni siquiera de la primavera, que tiene tantas otras asignaciones culturales a su haber (para qué hablar del otoño. A ese no se le considera ni en los actos escolares). Supongo que esto se debe, no a que sólo escuchamos música en verano, sino a que el verano, al ser un tiempo de relajo y gustos, nos insta a querer recordarlo por el resto del año. Entonces nos volvemos más receptivos frente a los estímulos que son materia prima de recuerdos, como los aromas (a mar, a arena, a sandía, a bronceador de coco, etc.), las imágenes (nadie sale sin su camarita se bolsillo), y, cómo no, las canciones que nos acompañaron en todo lo anterior.
Siempre hay canciones, nadie me puede decir que no hay canciones en su vida, aunque sean figurativas.

Mi verano pasado, por ejemplo, fue invadido completamente por You only live once, de The Strokes. Ya lo he mencionado antes. Con esa canción fue amor a primera oida, supongo. La escuché, la escuché y la escuché sin control. Mientras almorzaba, mientras mi jefe no estaba en la oficina, mientras esperaba el bus de vuelta a mi casa, mientras me cambiaba de ropa...
Y cuando no tenía cerca el mp3, la cantaba en mi mente. Si, lo hice.
Una vez cambié el dial de la radio de la oficina de mi jefe, harta de escuchar música clásica todo el día (antes de trabajar ahí solía gustarme), y adivinen qué me encontré... mi canción del verano!
Fue excelente. Fue como tener un familiar de visita en mi pequeño y frío escondite de 8 a 5. Porque eso es la canción del verano, una extensión de lo que nos es amigable.

Lamentablemente, este año no tuve una única magna canción del verano, que me permitiera imprimirlo en la memoria por los siglos de los siglos. Es que este no fue como el año pasado, de hecho, porque ahora pude viajar un poco, descansar mucho más que el anterior y dedicarme a otras actividades más impropias de esta época, como leer, arrendar películas viciosamente, coser primorosos diseños en la máquina de mi mamá, cocinar cuatrocientos mil dulces que ahora me toda bajar y tejer.
Igualmente, voy a quedarme con Matchbox, de The Kooks, como una de mis canciones del verano. Aunque hacia el final me incliné más por Ain't no sunshine when she's gone, una gran pieza de Bill Withers, aún cuando no tiene mayor trascendencia lírica para mi, no literal, al menos.
De todas maneras, siempre estan esas otras 5 o 10 canciones que circulan en el ambiente y que estan cargadas en tu play list, en el auto, en el mp3 y, a partir de estas fechas, en los recuerdos.

Así es. El verano 2008 nos deja. Es tiempo de las canciones de invierno.

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