Hacer lo mejor, esperar lo peor

Nunca había reparado en lo engorroso que es ser vendedor en una multitienda. Uno cree que se trata de un trabajo mecánico y fome. Pero en realidad puede ser más que estresante y definitivamente más burocrático de lo que parece.
Me enteré de todo esto mientras trataba de pagar unos pantalones en la sección de caballeros (no porque yo compre mi ropa ahí, sino porque mi papá ama usufructuar de mi tarjeta). Resulta que la máquina no estaba funcionando bien, cobraba cosas extras y estaba muy lenta (entre otros líos que no entendí).
Después de todos los inconvenientes, y de varios intentos fallidos de compra, el vendedor decidió llevar la ropa a otra de las máquinas de la sección, para hacer más expedito el asunto.
Bueno, resulta que las máquinas son personales, es decir, cada vendedor está a cargo de una y el ingreso diario que registre esa caja equivale a las ventas de cada funcionario, lo que repercute directamente en su sueldo, puesto que el salario es totalmente variable y premia la productividad por sobre todo.
Ahí se presentó otro problema, la "dueña" de esa segunda máquina era nueva en la tienda y no parecía terminar nunca de hacer la venta de su cliente, por lo que mi vendedor llevó la ropa de vuelta a la máquina número uno, la suya. Pero en esa, ahora se estaba registrando un cambio. Un cambio es la más engorrosa de las transacciones, como pude comprobar.

El desánimo (y la pérdida de tiempo) era tal, que se propició uno de esos momentos en que los extraños empiezan a hablar cosas que normalmente no compartirían, porque no corresponden ni al lugar, ni a la situación.
Mi vendedor (cuyo nombre protegeré para que no lo desherede su padre) era un hombre de 29 años, flaco y de aspecto curioso, que parecía perderse a ratos en la montonera de pantalones talla 52 que cargaba de un extremo a otro del lugar. Se encuentra, a pesar de su edad, en los primeros años de estudio de Sociología, carrera que no le gusta del todo, pero que era la opción menos despreciable para él dentro de las ciencias sociales, rama a la cual tuvo la obligación moral de sumarse al menos en esa menor medida, después de que rehusara tajantemente estudiar Derecho, la indiscutida profesión familiar.
Hijo de abogados y jueces, el díscolo joven partió a despejar su mente el verano recién pasado a Paris, donde conoció a una sueca con la cual, para su sorpresa, tuvo lo que por acá se conoce (gracias al único acierto de Andrés de León para perpetuarse en la memoria colectiva) como un "loco amor de verano". Y, como todos los locos amortes de verano, se terminó en cuando volvió a pisar suelo nacional.
Un lindo recuerdo, sin duda, del cual rescato dos partes memorables en su relato. La primera es la justificación para tanta entrega tan rápido de su parte, cito, "para mí era suficiente sorpresa el hecho de que una mujer así me pescara". Y la segunda, que al momento de describir a la chiquilla, dijo que "era muy muy blanca, pero muy blanca... como tú, pero más todavía... Tú eres hasta morena comparada con lo blanca que era". Nunca me habían dicho eso, en general, todos suelen mandarme al solarium.
Como sea, el drama está en que recientemente volvió a saber de esta muchacha sueca. Ella sentía el deber moral de comunicarle lo único que hace que dos "enamorados de verano" vuelvan a hablar por larga distacia después de... nueve meses.
Así es.
Mi vendedor es el involuntario padre ausente de la pequeña Francois, de dos meses, que vive en Francia (su madre no pensó mucho el nombre) con su madre sueca. Y, a pesar de haber vivido en la ignorancia por casi un año ya, ahora no piensa en otra cosa que conocerla y hacer su pega paternal, aunque sea desde la punta del cerro, que es Chile.
Por eso trabaja a escondidas en la tienda, donde su supervisor lo regaña todos los días por las bajas ventas (a la velocidad que atiende, es más que entendible) y siempre le recuerda su meta mínima de 600 mil pesos de venta diaria. A escondidas de su familia, digo, que aún espera que él sea ministro de justicia algún día.
Después del trabajo se va en bicicleta hasta su casa en santa juana, donde sólo su mamá sabe que está ahorrando para ir a conocer a su hija. Su mamá, sin embargo, tiene la intención de hacer algo mucho más simple: traer a la niña Francois, a su madre sueca, a su abuela sueca y a todos los suecos que quieran ellas para Chile, donde está su hijo. Y todos felices.
Pero, por supuesto, la sueca madre no piensa dejar Francia. No creo que siquiera tenga la intención de compartir la crianza de Francois.

Por mientras, mi vendedor finalmente logra pasar por el lector de códigos las etiquetas de los pantalones de mi papá, y también la de una tenida de recién nacido, que compré para la guagua de la claudia. Entonces la mira un momento, y me pregunta si es para mí. Entonces yo le respondo con un enérgico no. Entonces me dice, pero como si no fuera a mí, "yo tengo un hijo, una hija, en realidad...". Y el resto ya está dicho.


No se a quién le podrá interesar esta historia.

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