El látigo de la academia

Estaba ordenando mi pieza y encontré un montón de cosas que recuerdo haber escondido. Por un momento pensé "que mala idea esta de limpiar", pero luego empecé a reime y a llorar y a volver a reirme... y todas esas cosas que pasan cuando uno ya tiene algunos recuerdos de otros años y otras gentes y otros establecimientos educacionales y otros profesores. Especialmente otros profesores.
Lo mejor de salir del colegio es reinventarse. Lo que nadie te advierte es que la nueva tú sólo va a durar el par de meses que el resto se demora en conocerte otra vez. Tampoco nadie avisa que los profes van a seguir siendo más que expositores impersonales de alguna materia de cuestionable trascendencia para tu educación, sino que muchos de ellos aún viven con el complejo del profesor de primaria.
Ahora que llevo la mitad de una década, o bien, tantos años como dedos tengo en la mano en la universidad, me doy cuenta de que en algunos y raros casos, los profes aman hacerle la vida imposible a sus estudiantes como si fueran superiores no solo académicamente, sino como individuos.
No hay nada más patético que el profesor abusivo, ese típico tipo que entra cancherísimo a la sala, que tiene el placer secreto de poner en aprietos a uno que otro estudiante frente al curso, que nunca pone la nota máxima porque esa sólo se la merece él, que habla con soltura sobre su tema, en el cual seguro goza de la más grande experticia, que disfruta las conferencias más que las vacaciones, que viaja a españa al menos un par de veces al año para lograr codearse con toda esa meca intelectual de la madre patria y que aca adoramos por el simple hecho de que es la única que podemos leer directo de sus autores y no directo de la traducción de la traducción de la tradución...
Ese tipo me revienta.

En el colegio tenía un profesor que nunca me puso un 7. Bueno, tal vez un par de veces como en 6 años de clases. Sin embargo, le ponía estrellitas y felicitaciones a otras pruebas y otros trabajos que no eran mejores que el mío (de lo cual tengo certeza científica). Era tan desmotivante recivir solamente 6.9, sin ninguna razón de por medio, que me aburrí de rendir como estaba acostumbrada. La verdad es que en castellano y esas materias de pensar, me gustaba rendir lo que pudiera, no por la nota, sino porque en i desquiciada mente no soportaba entregar algo mediocre si sabía que podía hacerlo mejor. Nunca entregué un trabajo estando medianamente conforme con lo que había logrado. Pero, sin importar lo que hiciera... ahí estaba el 6.9 de siempre. El maldito "casi".
Bueno, un día me aburrí de que, además de este lio, las personas a las cuales yo les contaba el libro para el control de lectura, se sacaran mejor nota que yo. Así que estaba en la prueba, me quedaba una sola pregunta por contestar, estaba aburrida de escribir y me cansaba más todavía el hecho de que tenía tanto por decir y tan poco tiempo para responder, que decidí escribir solo seis u ocho líneas con lo principal y entregar de una vez por todas. Me sentí liberada, a la mierda con todo eso de la alumna "casi".
Pero la semana después me llegó el palo. El profesor me puso un 5, con una pequeña anotación en rojo al lado de la respuesta de ocho líneas: "desepcionante, no es digna de un curso humanista". Eso me destruyó. Creo que hasta lloré por ese desatino. El asunto es que yo no era buena para las matemáticas, ni para la física, ni la gimnasia, ni la química, ni nada más que castellano, historia, música y artes manuales (y filosofía cuando la profe se dignaba a hacer clases). Así que cuando este personaje viene y me dice eso, y más encima me lo dice en vivo y frente a todo el curso, me quitó todo lo que creía que era mío. Me quitó el humanismo y esas tonteras que en ese tiempo eran primordiales para separarme de las populares.
En una oportunidad le pedí, todavía no se por cuál extraña razón, que leyera un cuento que pretendía mandar a un concurso. Bueno, lo primero que me dice es "esto no parece tener sentido... ¿es parte de algo más grande y acabado, cierto?". "Claro que si", le respondí, y luego le pedí que me devolviera las hojas, aunque mi primer impulso fue hacer que las tragara.
Nada, pero nada, era lo suficientemente bueno. Tampoco era mejorable, porque nunca le escuché una sola crítica constructiva sobre mi trabajo.

Cuando salí del colegio, con un 6.9 de promedio en castellano, me dijo "yo siempre supe que tú podías más. Tienes un potencial excepcional y me gustaría que siguieras esforzandote al máximo en la universidad. Por eso nunca te puse un 7, porque sabía que si lo hacía te relajarías", entre otras patrañas de profesor del siglo pasado. Lo que él nunca entendió es que yo no me esforzaba por la nota, sino porque esa era mi especialidad, y gracias a sus métodos de patrón de fundo, toda la experiencia me quedó teñida de rabia. Porque sí, después de todo igual me picaba.
Las explicaciones tardías, aún si van acompañadas de halagos, no sirven de nada. Recuerdo que en esa ocación le seguí la corriente, no tenía otra cosa que hacer, ya estaba con un pie afuera del colegio y eso era suficientemente maravilloso como para embarrarme también esa dulcísima partida definitiva.
La licenciatura es uno de los días que recuerdo con mayor felicidad. Incluso me llevé el premio gordo, totalmente inesperado, a la Alumna Dominicana. Fue excelente. Y luego... ADIOS.
Qué belleza.

(Luego he vuelto a hablar con el profesor y le he comentado lo mucho que me sirvió su látigo de excelencia académica para ser una mejor periodista, y cuando me doy vuelta disfruto ese momento mágico en el que él y yo vivimos en realidades paralelas y edulcoradas a medida, que nunca más se cruzarán)

Comments

Anonymous said…
que eres papitas
¿por qué le dices eso al profe?
¿por qué mejor, eh, no le rayas el auto, o algo así?
todos sabemos de tu seudo-amor-odio-bizarreado que tienes con ese profe. tal vez deberías enviarle una tarjeta de navidad ahora, deseándole que se pudra en el infierno...
si, ese es el espíritu valenzuelístico, no?
tiempo que no me metía por acá, está re loco tu blog.

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